“Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”
Jn 20, 19-31
El Evangelio de este domingo nos presenta a los discípulos en un momento de crisis total. Después de la muerte de Jesús, se encuentran encerrados por miedo, con las puertas de su casa y de su corazón trancadas. Este miedo es algo que todos conocemos: es ese sentimiento que nos paraliza cuando sufrimos una pérdida o cuando sentimos que el futuro es incierto. Sin embargo, lo primero que aprendemos es que las barreras humanas no detienen a Dios.
Jesús se hace presente en medio de ellos. No llega con reproches por haberlo abandonado, sino con un don: la paz. Esta paz no es simplemente la ausencia de problemas, sino la seguridad de que Él está vivo y que el amor ha vencido al odio. Al enseñarles sus manos y su costado, Jesús les recuerda que su triunfo no borra su entrega, sino que le da sentido; sus llagas son ahora signos de victoria.
Al recibir la alegría del reencuentro, Jesús les da una misión. No los deja encerrados disfrutando de su presencia, sino que los envía: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Esto nos enseña que la fe es para compartirla. No somos cristianos para vivir aislados, sino para salir al mundo a llevar esa misma paz que hemos recibido, convirtiéndonos en puentes de esperanza para otros.
Un detalle fundamental es el soplo de Jesús y el don del Espíritu Santo. Al igual que Dios sopló vida sobre el primer hombre en la creación, Jesús sopla una nueva vida sobre su Iglesia. Con este gesto, les otorga el poder de perdonar. La comunidad cristiana nace, por tanto, como un lugar de misericordia donde los errores pueden ser sanados y donde siempre es posible empezar de nuevo gracias al perdón de Dios. La Pascua es tiempo de vida nueva. No olvidemos, pues, el llamado de la Iglesia a participar del Sacramento de la Reconciliación en este tiempo, permitiendo que la gracia de la Resurrección transforme nuestra historia.
Finalmente, esta reflexión nos invita a mirar nuestras propias puertas cerradas. A veces nos encerramos en el pasado o en nuestras inseguridades, pero el Resucitado sigue presentándose hoy en medio de nuestras vidas. Él nos invita a confiar en que su Espíritu es más fuerte que nuestros temores y que, bajo su guía, tenemos la fuerza necesaria para ser testigos de su amor en el día a día.
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