Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo

“Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”
Mt 28, 16-20

El relato del evangelio de hoy comienza con los discípulos regresando a Galilea, al monte donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron para adorarlo, pero el Evangelio nos confiesa con honestidad que “algunos titubeaban”. Esta mezcla de fe y fragilidad es la nuestra; Jesús no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Como decía San Agustín: “Él, que es el camino, no se ha alejado de nosotros, aunque haya regresado al Padre”. Su presencia en el monte nos invita a elevar nuestra mirada sobre las preocupaciones del mundo para reconocer que Él es el Señor.

Antes de dar una orden, Jesús revela su verdadera identidad: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. No es el poder de un tirano, sino el de quien ha vencido al pecado y a la muerte. Esta afirmación es el cimiento de nuestra confianza: si vamos por el mundo anunciando el Evangelio, no lo hacemos por nuestra cuenta, sino respaldados por la autoridad del Resucitado. Es una fuerza que transforma la debilidad humana en fortaleza divina para alcanzar aquello que parece imposible.

La orden es clara y expansiva: “Vayan y enseñen a todas las naciones”. El horizonte del cristiano no puede ser estrecho; estamos llamados a salir de nuestra comodidad. El bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es el regalo más grande que podemos ofrecer, pues introduce a las personas en la familia de Dios. Como recordaba San Juan Crisóstomo: “No se nos pide que convenzamos con discursos sabios, sino que bauticemos con una vida que refleje la luz de la Trinidad”.

La misión no termina con el rito, sino que continúa en la educación de la caridad: “enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. Ser cristiano no es solo saber conceptos sobre Jesús, sino vivir como Él vivió. La Iglesia es una escuela de vida donde aprendemos a perdonar, a servir y a amar. La Ascensión nos recuerda que, aunque Jesús sube al cielo, su mensaje debe quedar encarnado en nuestras manos y en nuestras obras cotidianas para que el mundo crea.

El relato culmina con la promesa que sostiene toda nuestra vida cristiana: “Yo estaré con ustedes todos los días”. En la Ascensión, Jesús no se ausenta, sino que multiplica su presencia entre nosotros de formas nuevas y profundas. Se hace presente por el don del Espíritu Santo, que habita en el alma de cada bautizado, y se nos comunica a través de los sacramentos, canales vivos de su gracia. De manera especial, lo reconocemos al partir el pan en la Eucaristía y al escuchar su voz viva en la Palabra de Dios. Pero además, el Señor nos espera en el rostro de los necesitados, recordándonos que lo que hagamos por el hermano más pequeño, a Él se lo hacemos. Al salir de la iglesia, no caminamos solos; lo hacemos con la certeza de que el Emmanuel guía nuestros pasos en el altar y en la calle, hasta el reencuentro definitivo.

Ver el dominical:

Compartir:

Otros Dominicales…