Reciban el Espíritu Santo

“Reciban el Espíritu Santo”
Jn 20, 19-23

El Evangelio de hoy nos muestra a los apóstoles refugiados tras puertas cerradas por el miedo. Sin embargo, para Dios no hay barreras infranqueables. Jesús resucitado atraviesa sus muros y se pone en medio de ellos para comunicarles su paz. Esa misma paz es la que el Señor nos ofrece hoy a nosotros: una paz que calma la ansiedad y nos asegura que “la paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Es la seguridad de saber que el pecado ha sido vencido y que tenemos la fuerza para enfrentar los desafíos de cada día.

En este pasaje, Juan nos narra el “Pentecostés” de una manera muy íntima. Mientras que en el libro de los Hechos de los Apóstoles el Espíritu llega con ruido de viento y lenguas de fuego, aquí llega como un soplo suave de vida. Jesús “sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). Este gesto nos recuerda que el Espíritu es el “alma” de la Iglesia; es quien trabaja silenciosamente en nuestro interior, transformando nuestra debilidad en fortaleza. Como bien decía el Papa Francisco: “El Espíritu Santo es el que nos mueve, el que nos enseña, el que nos recuerda lo que Jesús ha dicho”.

Este Espíritu no solo nos consuela, sino que nos capacita para una tarea sagrada: la Reconciliación. Jesús vincula el don de su Espíritu directamente con el perdón de los pecados: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 23). Este es el origen del sacramento de la Confesión, un regalo maravilloso donde el Espíritu actúa como un fuego que purifica el alma. Al confesarnos, permitimos que el soplo de Jesús limpie nuestro corazón y nos devuelva la alegría de la salvación. Es el sacramento del “nuevo comienzo” que nos permite caminar ligeros de equipaje.

La obra del Espíritu en el creyente es constante. Él es nuestro “maestro interior” que nos enseña a amar como Cristo ama. San Juan Pablo II nos recordaba que “el Espíritu Santo es el don que viene al corazón del hombre para que este pueda vivir como hijo de Dios”. Gracias a su acción, la ley de Dios ya no es una obligación externa, sino un deseo que brota del corazón. El Espíritu nos da paciencia, bondad y esperanza para construir, en medio de nuestras dificultades, un mundo más humano y fraterno.

Hoy celebramos que la Iglesia está viva porque el Espíritu la guía. No nos quedemos en la comodidad del encierro; dejemos que el fuego de Dios nos queme las tristezas y nos lance a anunciar que Cristo vive. Al terminar esta Misa, que cada uno de nosotros sea una “pequeña llama” de ese gran incendio de amor que comenzó en Jerusalén y que hoy quiere seguir iluminando a través de nuestra caridad, nuestra alegría y nuestra capacidad de perdonar.

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