“¡Hosanna al Hijo de David!”
Mt 26, 14 – 27, 66
Hoy celebramos dos momentos clave: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Él no entra a la ciudad como los poderosos de este mundo, que buscan demostrar su fuerza, sino que elige un burrito, animal de carga y de paz. La gente sencilla y de corazón limpio entiende este gesto de inmediato. Al observar que «la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino», vemos un acto de entrega total: le dan lo poco que tienen para reconocerlo como su guía. No es un desfile de orgullo, sino una fiesta de la esperanza en la que los humildes sienten que, finalmente, Dios está de su parte.
Esos seguidores que gritaban «¡Hosanna al Hijo de David!» no buscaban dinero ni favores políticos; buscaban a alguien que los amara y los sanara. Jesús acepta estos vítores, pero con una intención mucho más profunda: Él entra en la ciudad sabiendo que su verdadera victoria no será el aplauso, sino la entrega de su propia vida. Al decir que «este es el profeta Jesús», el pueblo nos enseña que para conocer a Dios no hace falta ser un sabio, sino tener la sencillez de dejarlo pasar a nuestra vida y caminar a su lado.
Sin embargo, el ambiente cambia cuando llegamos al juicio frente a Pilato. Es importante notar que los que piden su muerte no son los mismos que lo recibieron con palmas. Aquí aparece una multitud distinta, movida por el miedo y por los líderes que se sentían amenazados por Jesús. Cuando estos gritan «¡Sea crucificado!», vemos cómo el odio puede intentar apagar la luz de la verdad. Jesús, ante los insultos y la presión, elige el silencio. Al ver que «no le respondió ni una sola palabra», descubrimos que el amor de Dios es tan grande que no necesita defenderse con gritos, sino que se demuestra con la entrega.
En el momento más duro en la cruz, Jesús experimenta el dolor más profundo que un ser humano puede sentir. Al clamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», Él se une a todos nosotros cuando nos sentimos solos, tristes o desesperados. No es que haya perdido la confianza en el Padre, es que quiso bajar hasta lo más hondo de nuestro sufrimiento para decirnos que, incluso en la oscuridad más negra, Dios está allí. Su muerte no es una derrota, sino el abrazo definitivo de Dios a toda la humanidad.
Al final, cuando todo parece haber terminado, ocurre algo asombroso. Un soldado que ni siquiera era creyente, al ver la forma tan llena de paz y amor en que Jesús entregó su espíritu, tiene que reconocer la verdad: «Verdaderamente, este era Hijo de Dios». Este domingo se nos invita a elegir en qué grupo queremos estar: si en el de aquellos que se dejan llevar por la corriente del mundo, o en el de los que, a pesar de las dificultades, reconocen en la cruz el amor más grande que ha existido.
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