Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos

Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos
Mt 3, 1-12

El segundo domingo de Adviento nos centra en la figura de Juan el Bautista y su mensaje fundamental: “Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3, 2). En este tiempo litúrgico, el Bautista se presenta como la voz urgente que rompe el silencio del desierto y la comodidad de nuestra espera. Su figura austera, vestida de piel de camello y alimentada de manera simple, nos llama a la sobriedad y al desprendimiento, valores esenciales del Adviento. No podemos esperar a Jesús, el Mesías, mientras estamos aferrados a las distracciones y superficialidades del mundo. Juan nos prepara para el gozo de la Navidad, recordándonos que el Reino de Dios ya está cerca, y la respuesta debe ser inmediata y tangible.

Juan nos dice que la conversión o metanoia (en griego) no es solo de boca, sino de acciones. Cuando los líderes religiosos (fariseos y saduceos) vinieron, él los reprendió duramente, pidiéndoles que “den el fruto que pide la conversión”. Les recuerda que no sirve de nada decir: “Somos hijos de Abraham”, si su vida no muestra un cambio real. Para nosotros, esto significa que no basta con decir que somos cristianos o que vamos a la iglesia. Debemos mostrar la conversión con hechos: perdonando a quien nos ofendió, siendo más generosos, y siendo honestos en nuestro trabajo. El Adviento nos pide que nuestra fe se vea en las buenas acciones que hacemos.

El trabajo de Juan es “preparar el camino del Señor”. Esto quiere decir que debemos quitar los obstáculos que impiden que Jesús nazca en nuestra vida. Piensa en el camino de tu corazón: ¿hay montañas de orgullo que necesitan ser rebajadas? ¿Hay valles de tristeza o de pereza que necesitan ser llenados? Juan nos anima a usar este tiempo para hacer una “limpieza profunda” del alma. A través de la oración y del sacramento de la reconciliación, podemos enderezar las cosas torcidas en nosotros. La espera de Jesús debe ser activa: es un tiempo de arreglar nuestra vida para que Él encuentre un lugar cómodo y limpio donde quedarse.

Juan, con mucha humildad, aclara que él solo bautiza con agua, pero que el que viene (Jesús) es mucho más grande y nos bautizará con “Espíritu Santo y fuego”. Esta es la gran esperanza del Adviento. Jesús no solo nos pide que nos arrepintamos, sino que nos da el poder para lograrlo. El Espíritu Santo es la fuerza de Dios que nos transforma y el fuego es su amor que nos purifica. Él viene a darnos una vida nueva, con más fuerza y alegría.

Finalmente, Juan usa una imagen fuerte: la del agricultor que separa el trigo (lo bueno) de la paja (lo que no sirve). Este es un recordatorio de que Jesús viene también como Juez para separar lo que tiene valor eterno de lo que es vacío. En este Segundo Domingo de Adviento, esta imagen nos invita a revisar nuestras prioridades. ¿Estamos llenando nuestra vida de cosas que son como trigo (amor, fe, servicio a otros), o de cosas que son como paja (cosas sin importancia, egoísmo, vicios)? La cercanía del Reino de Dios nos pide tomar una decisión seria para que, cuando Él llegue, nos encuentre listos y llenos de buen fruto.

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