“Señor, socórreme”
Mt 15, 21 – 28
La Palabra de Dios de este domingo revela el corazón de Dios: ¡nadie está excluido del amor de Dios! Desde el comienzo de la historia de la salvación, el Señor fue preparando, con infinita paciencia, el encuentro de toda la humanidad con Él, a través de Abrahán, el pueblo de Israel, la alianza y los profetas, sin que esa elección fuera nunca un privilegio excluyente, sino el comienzo de un proyecto destinado a todos los pueblos. Así lo anuncia la primera lectura (Is 56, 1.6-7), cuando Isaías proclama que también los extranjeros serán conducidos al monte santo y encontrarán un lugar en la casa de oración del Señor: Dios no pertenece a un solo pueblo; es el Padre de todos.
Esta promesa alcanza su plenitud en Jesucristo, quien derriba las fronteras que los hombres levantan y revela que la misericordia de Dios no conoce límites. El Evangelio de hoy (Mt 15, 21-28) lo muestra en el encuentro de Jesús con una mujer cananea, extranjera y considerada excluida de la salvación de Dios. Esto no le impide acercarse gritando: «Señor, ten compasión de mí», suplicando la liberación de su hija atormentada por el mal. En ella reconocemos el clamor de tantos hombres y mujeres de hoy: familias heridas, personas esclavizadas por el pecado, la violencia, la enfermedad o la desesperanza, que sienten que solo Dios puede devolverles la paz.
Aunque Jesús parece guardar silencio, la mujer no pierde la confianza y pronuncia una de las oraciones más sencillas y profundas del Evangelio: «Señor, socórreme». Su perseverancia conmueve a Jesús, y su fe humilde abre definitivamente las puertas del Reino a todos los pueblos: «¡Qué grande es tu fe!», le dice, y su hija queda curada. El milagro anuncia que nadie queda excluido de la salvación cuando se acerca a Cristo con fe sincera.
La segunda lectura confirma esta esperanza (Rom 11, 13-15.29-32): «los dones y la llamada de Dios son irrevocables». También nosotros hemos llegado a la fe porque el Evangelio atravesó fronteras y generaciones hasta alcanzar nuestra tierra, testigos de que el amor de Dios no conoce límites. Así sucedió en Santa Marta haca ya más de 500 años. La mujer cananea nos enseña el camino del verdadero discípulo: reconocer con humildad nuestras necesidades, perseverar cuando Dios parece callar y confiar siempre en su misericordia.
También hoy estamos llamados a repetir aquella súplica: «Señor, socórreme». Socorre a nuestras familias, fortalece nuestra esperanza, sana nuestras heridas y haz de tu Iglesia una casa donde nadie se sienta excluido. Al acercarnos a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía recibimos el mismo pan que Cristo ofrece sin distinción a todos los que se acercan a Él con humildad y fe, porque nadie queda fuera del corazón de Dios
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