“El que siembra la semilla es el Hijo del hombre”
Mt 13, 24-43
La liturgia de este domingo presenta el Reino de Dios mediante parábolas que parten de la vida cotidiana. El Reino es, ante todo, la acción salvadora de Dios en Jesucristo, que manifiesta su señorío sirviendo al hombre y conduciéndolo a la plenitud de la vida.
La parábola del trigo y la cizaña responde a una de las grandes preguntas del creyente: si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal? Dios sembró al hombre como buena semilla en el mundo, llamado a producir el bien. Sin embargo, junto a la acción de Dios aparece también el mal, fruto del pecado y de la libertad humana. Bien y mal conviven en la historia hasta el juicio definitivo. Aunque quisiéramos eliminar el mal de inmediato, el Señor nos enseña a esperar con paciencia y a confiar en su justicia.
La misión del cristiano no consiste en dejarse vencer por el mal, sino en combatirlo con el bien. Como enseña san Pablo, el mal solo puede ser vencido por la fuerza del bien. En medio de un mundo marcado por el odio, la violencia y el egoísmo, el discípulo de Cristo está llamado a sembrar amor, reconciliación, esperanza y misericordia, siendo testigo de la acción permanente de Dios.
Las parábolas del grano de mostaza y de la levadura muestran la fuerza transformadora del Reino. El pequeño grano que llega a convertirse en un gran árbol representa el crecimiento de la Iglesia, llamada a ofrecer acogida y refugio a todos los hombres. En ella encontramos la familia de Dios y el espacio donde madura la vida cristiana.
La levadura, por su parte, expresa la transformación interior que el Evangelio debe producir en cada creyente y, a través de él, en toda la sociedad. Cuando el Evangelio impregna el corazón, cambia la manera de mirar a las personas, de afrontar los acontecimientos y de responder con perdón, servicio y caridad. Sin embargo, también descubrimos que muchas veces permanecen en nosotros actitudes contrarias al Evangelio, como el orgullo, la rivalidad o el resentimiento. Por eso necesitamos dejarnos transformar continuamente por la gracia de Dios mediante la oración y la fidelidad a su Palabra.
La primera lectura recuerda que Dios combate el mal con justicia, pero también con misericordia. Su paciencia ofrece siempre la posibilidad del arrepentimiento y enseña que la verdadera justicia está unida a la compasión. El creyente está llamado a imitar este modo de actuar de Dios, sin caer en el desaliento ni en la desesperación frente al mal.
San Pablo, finalmente, destaca la importancia de la oración en esta lucha espiritual. El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros cuando nuestras fuerzas no bastan. La oración nos une a Dios, fuente de todo bien, y nos sostiene para perseverar en el camino del Evangelio.
La experiencia del mal forma parte de la condición humana. Existen sufrimientos inevitables, como la enfermedad y la muerte, que el cristiano está llamado a vivir unido a la pasión de Cristo, descubriendo en ellos un sentido redentor. Pero también existe el mal moral, contra el cual debemos luchar comenzando por nuestra propia conversión y extendiendo esa lucha a la sociedad mediante las obras de misericordia, la justicia, el servicio y el compromiso con el bien común. Así, el Reino de Dios crece silenciosamente en el mundo y el mal es vencido por la fuerza del amor.
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