Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?

“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?”
Mt 22, 34-40

El Evangelio de hoy nos presenta a los fariseos intentando poner a prueba a Jesús con una pregunta técnica sobre la Ley. En lugar de perderse en el debate de los 613 preceptos rabínicos de la época, el Señor ofrece una síntesis revolucionaria al citar el Shemá Israel: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (cf. Mt 22, 37). Desde el punto de vista de la fe, el amor cristiano no es un vago sentimiento, sino un acto de la voluntad y una respuesta agradecida al amor con el que Dios nos amó primero. Como nos recordaba San Agustín: «La medida del amor es amar sin medida». Jesús pide una entrega integral, de modo que los afectos, la razón y las decisiones vitales caminen en una sola dirección.

La gran novedad del Maestro radica en unir indisolublemente este mandato con un segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 39). En la teología de la Encarnación, Dios se ha hecho visible en el rostro de cada ser humano. Por eso, la devoción a Dios y la caridad hacia el hermano no son dos caminos paralelos, sino dos caras de una misma moneda. El amor al prójimo se convierte en el criterio práctico de verificación de nuestra fe. Lo expresaba con total claridad santa Teresa de Calcuta: «No podemos hacer grandes cosas, solo cosas pequeñas con un gran amor». La oración que no se traduce en servicio al necesitado corre el riesgo de ser solo ilusión o consuelo personal.

Jesús culmina su enseñanza afirmando que «en estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 40). La palabra «sostener» no es casual; en el lenguaje bíblico indica que el amor es el cimiento y la clave interpretativa de toda la Escritura. Sin la caridad como motor, la vida sacramental, la vida moral y las estructuras eclesiales pierden su alma y corren el peligro de convertirse en una carga pesada o en un moralismo sin vida.

Esta doctrina exige de nosotros una constante conversión del corazón. Teológicamente, el ser humano ha sido creado a imagen de un Dios que es Trinidad —es decir, una comunidad de amor—, por lo que solo realizamos nuestra vocación profunda cuando nos entregamos a los demás. El amor a uno mismo tampoco se entiende aquí como egoísmo, sino como el reconocimiento de la propia dignidad de hijos de Dios, requisito previo para valorar y cuidar la dignidad del hermano.

Al celebrar la Eucaristía dominical, la Palabra de Dios nos invita a revisar el centro de nuestra vida espiritual. Que este encuentro con Cristo en el altar nos conceda la gracia de simplificar nuestra fe y purificar nuestras intenciones, para que, alimentados por el Pan del cielo, seamos testigos creíbles del amor de Dios en medio de nuestras familias y de la sociedad.

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