Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue

“Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue”
Mt 21, 28-32

A menudo es fácil responder con un «sí» entusiasta cuando las exigencias son teóricas o distantes. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos confronta con la fragilidad de nuestras promesas. El segundo hijo de la parábola representa esa religiosidad de fachada que domina el lenguaje de la fe, pero esquiva el compromiso real. Decir «Voy, Señor» con corrección y devoción externa no sirve de nada si, a la hora de la verdad, el corazón permanece inmóvil y los pies no pisan la viña.

En contraste, el primer hijo nos enseña el camino de la verdadera conversión. Su inicial «No quiero» refleja la resistencia humana, el egoísmo o la debilidad que nos alejan del proyecto de Dios. Pero su grandeza no radica en su punto de partida, sino en su capacidad de reconsiderar, arrepentirse y ponerse en marcha. Dios no busca personas perfectas que jamás se equivoquen, sino corazones humildes capaces de reconocer su error y rectificar el rumbo a través del amor en acción.

La dura advertencia de Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos resuena con fuerza hoy: los considerados marginados o pecadores muchas veces entienden antes la lógica de la gracia. Quienes reconocen sus heridas y su pobreza espiritual acogen con gratitud la llamada al arrepentimiento. Quienes se sienten seguros de su propia justicia, en cambio, corren el peligro de volverse impermeables a la acción del Espíritu Santo, cerrando la puerta a la transformación que Dios ofrece cotidianamente.

La «viña» a la que el Padre nos envía no es un lugar abstracto; es nuestra vida diaria. Es la familia, el trabajo, la comunidad y cada espacio donde la justicia, el perdón y la solidaridad son urgentes. Ir a la viña significa traducir nuestra fe en gestos concretos: escuchar al cansado, defender al desprotegido, trabajar por la reconciliación y ser coherentes entre lo que profesamos en la eucaristía y lo que vivimos al salir del templo.

Este domingo se nos invita a examinar cuál de los dos hijos refleja mejor nuestra actitud frente al llamado de Dios. No nos quedemos en el conformismo de los buenos propósitos ni en la satisfacción de las formas externas. Pidamos la gracia de la humildad para corregir nuestros «no» del pasado y la fortaleza para que cada uno de nuestros «sí» se convierta en una entrega sincera, fructífera y cotidiana al servicio del Reino.

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