Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Mt 16, 13 – 20

La Palabra de Dios de este domingo nos conduce al corazón de la fe cristiana. Jesús no quiere solamente que conozcamos algunas verdades sobre Él; desea que entremos en una relación viva con su persona. La fe en Él, si es verdadera y eficaz, madura en una profunda adhesión a la Persona de Jesucristo y de su Evangelio. Desde esta perspectiva comprendemos lo que se narra en el Evangelio de hoy (Mt. 16, 13-20): Jesús dirige a sus discípulos una pregunta que resonó en el corazón de sus discípulos y que resuena constantemente en el corazón de cada creyente: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». No basta responder con palabras; la verdadera respuesta se da con la vida.

En Cesarea de Filipo, Pedro habla en nombre de los Doce: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Con esta confesión reconoce que Jesús es el Salvador esperado y el Hijo de Dios hecho hombre. Quien descubre esta verdad encuentra un nuevo horizonte para su existencia.

Así lo enseñó, con gran precisión, el papa Benedicto XI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

La primera lectura (Isaías 22, 19-23) ayuda a comprender la misión que Jesús confía a Pedro. El profeta Isaías presenta al mayordomo del rey, que recibe las llaves del palacio como signo de una autoridad ejercida en nombre de otro. Así también Pedro recibe de Cristo la misión de ser la roca sobre la que edificará su Iglesia y de custodiar la unidad de la fe. No es dueño de la Iglesia; el único Señor es Cristo. Su autoridad es un servicio al Evangelio y a la comunión del Pueblo de Dios. La Iglesia de Cristo se apoya en la roca firme de la confesión de fe.

Este especial ministerio en favor de la comunión de la fe en torno a Cristo, Señor, continúa hoy en la persona del sucesor de Pedro, el papa León XIV, llamado a confirmar a sus hermanos en la fe y a mantener unida a la Iglesia en torno a Cristo.

San Pablo, en la segunda lectura (Rom 11, 33-36), contempla admirado el modo como Dios realiza su obra y exclama: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios. El Señor confía su misión a hombres frágiles para que aparezca con claridad que la fuerza viene siempre de Él.

Esta Palabra nos interpela personalmente. También nosotros, por el Bautismo, hemos sido llamados a formar parte de la Iglesia y a dar testimonio del Evangelio. Cada día Jesús nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». La respuesta auténtica consiste en escucharlo, seguirlo y dejar que transforme nuestra vida.

Pidamos al Señor una fe firme como la de Pedro, para reconocer en Jesús al Mesías y al Hijo de Dios vivo, amar a la Iglesia y vivir como discípulos que anuncian con su vida aquello que proclaman con sus labios.

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