“¡Ánimo!, soy yo, no tengan miedo”
Mt 14, 22 – 33
«Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta» (Jn 14,8). La petición de Felipe expresa el anhelo más profundo del corazón humano. Todos buscamos a Dios. Intuimos su presencia en la creación y sentimos que nuestra vida solo encuentra sentido en Él. Pero, ¿dónde podemos encontrarlo?
La primera lectura (1 Re 19, 9a.11-13a) nos presenta al profeta Elías en el monte Horeb. En medio del cansancio y la prueba espera descubrir al Señor en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios se manifiesta en un brisa suave. Es una enseñanza que conserva toda su actualidad. Muchas veces esperamos que Dios actúe con hechos extraordinarios, mientras Él se acerca con la discreción de su amor. Solo un corazón que hace silencio puede reconocer su voz.
La respuesta definitiva de Dios a la búsqueda del hombre es Jesucristo. El Hijo de Dios se hizo uno de nosotros para revelarnos el rostro del Padre. Por eso Jesús afirma: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Quien contempla su misericordia, escucha su palabra, participa de su entrega en la cruz y de su victoria sobre la muerte, descubre cómo ama Dios.
El Evangelio (Mt. 14, 22-33) nos presenta a los discípulos atravesando el lago en medio de la noche. El viento es contrario, el miedo los invade y la barca parece quedar a merced de las olas. También nosotros conocemos esas noches: el sufrimiento, la enfermedad, las dificultades familiares, la incertidumbre o las crisis de fe. Hay momentos en los que parece que Dios permanece en silencio.
Pero es precisamente entonces cuando Jesús se acerca caminando sobre las aguas. En la Biblia, solo Dios tiene poder sobre el mar, símbolo de las fuerzas del caos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen y creen ver un fantasma. El miedo les impide descubrir que el Señor ya está junto a ellos.
Entonces resuena una de las palabras más consoladoras del Evangelio: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo». Jesús revela que el Dios vivo no abandona nunca a los suyos. Pedro responde con generosidad y pide caminar hacia Él. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús permanece firme; cuando se deja dominar por el miedo, comienza a hundirse. Es la experiencia de toda vida cristiana: la fe no elimina las dificultades, pero nos permite atravesarlas sostenidos por la mano del Señor, que nunca deja caer a quien confía en Él.
Cuando Jesús sube a la barca cesa la tormenta, y los discípulos hacen su profesión de fe: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios». Toda auténtica experiencia de Dios conduce siempre a un encuentro más profundo con Cristo.
La segunda lectura (Rom 9, 1-5) nos recuerda que Dios fue preparando este encuentro a través de la historia de Israel, mediante la alianza, la Ley y las promesas, que alcanzan su plenitud en Jesucristo. También hoy el Señor continúa haciéndose presente. Nos habla en la Sagrada Escritura, nos fortalece en la Eucaristía y en los demás sacramentos, sale a nuestro encuentro en el hermano necesitado y acompaña silenciosamente nuestra vida cotidiana.
Pidamos al Señor una mirada creyente, capaz de descubrir su presencia incluso en las horas más oscuras. Quien aprende a encontrarlo en la oración, en la Palabra, en la Eucaristía y en los hermanos descubre que nunca navega solo. También hoy Cristo se acerca a nuestra barca y nos repite con la misma fuerza: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo!».
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