Llamó a sus doce discípulos y los envió

“Llamó a sus doce discípulos y los envió”
Mt 9, 36-10,8

El evangelio de este domingo comienza con la mirada de Dios sobre nuestra realidad. El Evangelio nos dice que Jesús, «al ver a las muchedumbres, se compadecía (o sentía misericordia) de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor». En la Biblia, esta compasión no es una simple lástima, sino un dolor en las entrañas que mueve a la acción. Jesús nota que el pueblo sufre por la falta de guías espirituales que los cuiden de verdad, y nos enseña que el primer paso de la fe es aprender a mirar con ternura el cansancio y la fragilidad de quienes nos rodean.

Ante esta necesidad, Jesús nos revela que el mundo no es un desierto perdido, sino un campo fértil: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». La “mies” representa a todas las personas que ya están listas para recibir el amor de Dios, pero hace falta quién las despierte para reconocer los signos del amor de Dios presentes en su propia historia. Al pedirnos que oremos, Jesús nos recuerda que la misión no es un esfuerzo humano solitario, sino una respuesta al llamado de Dios; todos somos esos obreros necesarios en su campo.

Jesús decide compartir su propio poder con sus discípulos, pues «llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia». Esta autoridad no es un privilegio para el dominio personal, sino una expresión del poder divino que salva y que la Iglesia manifiesta hoy para la sanación del mundo y de cada persona. Desde el punto de vista de nuestra fe, esta misión se hace tangible a través del Sacramento de la Reconciliación: Cristo sana las heridas del alma; del Sacramento de la Unción de los Enfermos: fortalece el cuerpo y el espíritu en la fragilidad; y del Ministerio del Exorcismo: libera del poder del mal. Así, cuando trabajamos por el bien del prójimo, no lo hacemos con nuestras propias fuerzas, sino con la fuerza misma de Cristo que actúa a través de su Iglesia para restaurar la vida de los que sufren.

El envío es claro y urgente: «Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios». El Reino no es algo lejano que vendrá después de la muerte, sino una realidad que comienza aquí cuando combatimos el dolor y la exclusión. Al enviar a sus discípulos a las ovejas descarriadas, Jesús nos pide que seamos una Iglesia en salida, que no nos quedemos encerrados en el templo, sino que salgamos a buscar a quienes se sienten lejos, rotos o rechazados por la sociedad, para anunciarles la Persona de Jesucristo y su Evangelio, poder de salvación para todo el que cree (cf. Rom 1, 16).

Finalmente, el estilo de esta misión debe ser el mismo que el de Jesús: la entrega total. La instrucción es tajante: «Gratis han recibido, den gratis». En un mundo donde todo parece tener un precio, el cristiano se distingue por la gratuidad. Todo lo que somos —nuestros talentos, nuestra fe y nuestra vida— es un regalo que Dios nos ha dado sin pedir nada a cambio. Por eso, estamos llamados a servir con alegría y generosidad, entendiendo que el amor de Dios solo se multiplica cuando se entrega sin esperar recompensa.

Ver el dominical:

Compartir:

Otros Dominicales…