“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”
Jn 6, 51-58
Este domingo celebramos la fiesta del Corpus Christi, una oportunidad para detenernos y maravillarnos ante el regalo más grande que Jesús nos dejó: su presencia real en el pan y el vino. En este Evangelio, Jesús no nos habla de un símbolo lejano, sino de un alimento vivo. Él se presenta como el “Pan bajado del cielo”, asegurándonos que, así como nuestro cuerpo necesita comida para caminar y trabajar, nuestra alma necesita de Él para no desfallecer y para alcanzar la vida que no termina.
La gran noticia que hoy recibimos es que la Eucaristía es el abrazo de Dios que se hace carne. Jesús utiliza palabras muy fuertes y directas para que no tengamos duda: su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida. Esto significa que cuando nos acercamos a comulgar, entramos en una comunión profunda con Él; nosotros habitamos en Jesús y Él habita en nosotros. Es una unión tan íntima que empezamos a ver el mundo con sus ojos y a amar con su mismo corazón.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha cuidado este misterio con amor. Los primeros cristianos, conocidos como los Padres Apostólicos, ya tenían una fe inquebrantable en esta verdad. San Ignacio de Antioquía (siglo I) describía la Eucaristía de forma hermosa como: «El fármaco de la inmortalidad, el antídoto para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo». Para ellos, no era un rito vacío, sino la medicina necesaria para sanar el alma y asegurar la resurrección.
Otro gran testigo de los primeros tiempos, San Justino Mártir, explicaba a quienes no conocían la fe que este alimento es único: «No tomamos estos alimentos como pan común o bebida ordinaria, sino que se nos ha enseñado que es la Carne y la Sangre de aquel Jesús que se encarnó». Estas palabras nos invitan hoy a recuperar el asombro y el respeto al acercarnos al altar, reconociendo que lo que recibimos es al mismo Dios que se entrega por nosotros por puro amor.
Que este Corpus Christi nos ayude a valorar más la Misa dominical y el sagrario. Al salir hoy de la celebración, recordemos que llevar a Cristo en nuestro interior nos convierte en “pan” para los demás. Si Él se entrega a nosotros, es para que nosotros también aprendamos a entregarnos en servicio, paciencia y caridad con nuestra familia, amigos y compañeros de trabajo.
¡Feliz día del Cuerpo y la Sangre de Cristo!
Ver el dominical:



