“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”
Jn 11, 1-45
En el Evangelio de hoy, que narra la resurrección de Lázaro, descubrimos que, aunque a veces sentimos que Dios no llega a tiempo, Él nunca actúa a destiempo. Cuando Marta y María enviaron el recado: «Señor, el que tú amas está enfermo», esperaban una respuesta inmediata, pero Jesús decidió quedarse dos días más donde estaba. Esta aparente “tardanza” no es falta de cariño, sino el espacio necesario para que se manifieste su gloria, enseñándonos que Dios no actúa según nuestras prisas, sino bajo su perfecto plan de amor. Al final, el Señor no busca simplemente darnos una curación temporal, sino prepararnos para algo mucho más grande: una verdadera resurrección que transforme nuestra vida para siempre.
Cuando Jesús le dice a Marta: «Tu hermano resucitará», ella piensa en algo lejano, en el final de los tiempos. Pero Jesús la trae al presente con la frase más poderosa del texto: «Yo soy la resurrección y la vida». No es una promesa para el futuro, es una realidad para el hoy. Él nos pregunta lo mismo que a ella: «¿Crees esto?». Creer significa saber que Cristo puede dar vida a lo que hoy tenemos “muerto” en nuestro interior: la alegría perdida, la esperanza apagada o un corazón que se siente seco.
A pesar de ser el Hijo de Dios, Jesús no es alguien frío. Al ver el dolor de las hermanas, el Evangelio nos dice que «Jesús se echó a llorar». No tenemos que esconder nuestras lágrimas ante Él. Jesús no viene a darnos una enseñanza sobre el sufrimiento, sino a llorar a nuestro lado. Su llanto nos dice que le importamos, que siente nuestro dolor como propio y que su poder siempre va de la mano de una ternura infinita.
Llegando a la tumba, Jesús da una orden muy humana: «Quiten la losa». Él va a hacer el milagro, pero nos pide a nosotros que quitemos el obstáculo. Marta advierte que «ya huele mal», y así somos nosotros: a veces no queremos abrirle a Dios ciertas partes de nuestra vida porque nos da vergüenza o porque están “corrompidas”. Pero Jesús nos repite: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Hay que quitar el miedo y la vergüenza para que su voz pueda entrar.
Finalmente, el grito de Jesús es una llamada a la libertad: «Lázaro, sal afuera». No es solo una orden para un muerto, es una llamada para cada uno de nosotros a salir de nuestros encierros y oscuridades. Pero Lázaro sale atado, y Jesús pide a los demás: «Desátenlo y déjenlo andar». Esto nos recuerda que nos necesitamos unos a otros. Dios nos da la vida nueva, pero nosotros nos ayudamos a quitarnos las “vendas” de los vicios, los rencores y las tristezas para poder caminar de nuevo con libertad.
Ver el dominical:



