Ve tú también a mi viña

“Ve tú también a mi viña”
Mt 20, 1-16

Comenzar el día sintiendo que no le importamos a nadie es una de las experiencias más desgarradoras del ser humano. En la plaza de la parábola de este domingo hay hombres sin trabajo, con las manos vacías y la mirada baja, esperando que alguien se fije en ellos. Su respuesta al propietario resuena con dolor: «Nadie nos ha contratado». Cuántas veces, en medio de nuestras soledades, caídas o momentos de inutilidad percibida, hemos sentido que el mundo nos ha dejado al margen. Sin embargo, la buena noticia de hoy es que tenemos a un Dios que no se queda cómodo en su propiedad; un Padre que sale una y otra vez a los cruces de nuestras calles para rescatarnos del olvido y decirnos: «Ve tú también a mi viña».

En el Reino de Dios, la lógica del mercado salta por los aires. Acostumbrados a una sociedad hipercompetitiva donde el valor de una persona se mide por su productividad, sus títulos o sus años de servicio, la actitud del dueño de la viña nos resulta desconcertante y hasta incómoda. Dios no lleva una libreta de contabilidad ni fracciona su amor según los minutos trabajados. Al pagar a los de la última hora con el mismo denario que a los primeros, nos recuerda que su salvación no es un salario que se gana con sudor, sino un don inmerecido que se acoge con gratitud. Dios no nos da según nuestros méritos, sino según nuestra profunda necesidad de Él.

El conflicto de la parábola surge cuando los primeros trabajadores dejan de mirar al dueño y empiezan a compararse con sus hermanos. Al ver la generosidad concedida a los últimos, su corazón se llena de amargura y reclaman lo que consideran “justo”. Qué fácil es caer en la tentación de sentirnos cristianos con “derechos adquiridos”, mirando con recelo o superioridad al que se acerca a la Iglesia a última hora o tras una vida desordenada. Cuando el trabajo en la viña del Señor se vive como una pesada carga y no como un privilegio, el corazón se endurece y es incapaz de alegrarse con la fiesta del Padre que recupera a un hijo.

La pregunta que el dueño le hace al protestante nos confronta directamente en el banco de nuestra parroquia: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». La envidia espiritual es un veneno sutil que nos impide contemplar la belleza de la misericordia divina. Nos cuesta aceptar un Dios tan libre y tan extraordinariamente bueno que no se deja encasillar en nuestras pequeñas medidas humanas. Alegrarse de que el amor de Dios alcance al que llegó tarde, al que falló o al que acaba de descubrir la fe no nos quita nada a nosotros; al contrario, nos revela el rostro de un Padre cuya casa es lo suficientemente grande para todos.

Al comulgar hoy, renovemos la alegría y la humildad de sabernos llamados. No importa si llevamos toda la vida en la viña o si acabamos de responder al llamado al caer la tarde.

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