LECTIO DIVINA
Oración inicial
Señor Jesús, que hoy nos enseñas el camino de la sencillez al someterte al bautismo de Juan, ven y santifica este momento de oración. Limpia nuestras distracciones y purifica nuestras intenciones, para que al sumergirnos en el agua de tu Palabra, salgamos renovados, fortalecidos en la fe y listos para cumplir, como Tú, toda justicia en nuestra vida diaria.
Amén.
LECTURA (¿Qué dice la Palabra? Leer el texto bíblico dos o tres veces)
Texto Bíblico: Mateo 3, 13-17
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Palabra del Señor
Preguntas para reflexionar personalmente o en grupo:
- Jesús le dice a Juan que es necesario bautizarse para “cumplir toda justicia” (v. 15). Siendo Jesús el único sin pecado, ¿por qué crees que Él insiste en someterse a un rito de purificación diseñado para pecadores? ¿Qué nos dice esto sobre su solidaridad con la humanidad?
- En el momento en que Jesús sale del agua, ocurre una manifestación trinitaria (el Espíritu desciende y el Padre habla). ¿Qué importancia tiene que la voz del Padre proclame “Este es mi Hijo amado” antes de que Jesús comience su ministerio público o realice algún milagro?
- El texto menciona que los cielos “se abrieron”. Considerando que el bautismo simboliza una muerte al hombre viejo y un nacimiento al nuevo, ¿cómo cambia la relación entre el cielo y la tierra a partir de este gesto de humildad de Jesús?
MEDITACIÓN (¿Qué me dice la Palabra?)
El pasaje del evangelio de hoy nos presenta a Jesús viajando desde Galilea hasta el río Jordán para ser bautizado por Juan. Este encuentro es una paradoja teológica fundamental. Juan realizaba un bautismo de penitencia, un rito para aquellos que confesaban sus pecados y buscaban la purificación. La llegada de Jesús, el Hijo de Dios sin mancha ni pecado, subraya su profunda solidaridad con la humanidad caída. Su acto no fue una necesidad de limpieza personal, sino una elección libre para identificarse con los pecadores que Él venía a rescatar. La resistencia inicial de Juan —“Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”— refleja el asombro ante la inversión de roles: el Creador sometiéndose a la criatura, el Santo sometiéndose al rito del arrepentimiento.
Jesús responde a la objeción de Juan con un mandato: “Déjalo ahora, pues así es como debemos cumplir toda justicia”. Este “cumplir toda justicia” es la clave de la acción de Jesús. No se refiere simplemente a un acto moral, sino al establecimiento del plan salvífico de Dios en su totalidad. Jesús se somete al bautismo de Juan para validar la obra preparatoria del Antiguo Testamento y, a la vez, para iniciar el Nuevo. Al pasar por el rito, Jesús se coloca en la línea de obediencia perfecta requerida por Dios. Es el cumplimiento activo de la Ley, no por penitencia propia, sino como un acto de inauguración del Reino, preparando el camino para la justificación que Él traería a la humanidad a través de su sacrificio.
La escena se transforma en una teofanía (manifestación de Dios) al instante en que Jesús es bautizado. Al salir del agua, los cielos se abren y el Espíritu de Dios desciende sobre Él “como paloma”. La “paloma” es aquí un símbolo importante. Remite al espíritu creador que aleteaba sobre las aguas al inicio de la creación (Gn 1) y al mensajero de paz que retornó a Noé (Gn 8). El descenso del Espíritu Santo es el acto formal de la unción mesiánica. No es una mera presencia, sino la dotación de poder y gracia que habilita a Jesús para su ministerio profético: predicando, sanando y realizando milagros.
La manifestación divina se completa con la voz del Padre que resuena desde el cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Esta proclamación sirve como una declaración de identidad y misión. La frase “mi Hijo amado” alude directamente a las profecías del Antiguo Testamento, identificando a Jesús como el Mesías davídico, pero también lo vincula con la figura del Siervo Sufriente descrito en el libro de Isaías (Is 42, 1). La “complacencia” del Padre no es un mero agrado; es el reconocimiento de la aceptación incondicional de Jesús a la misión redentora, que culminará en la Cruz. El Padre ratifica que el camino de la humildad y la obediencia, que Jesús ha iniciado, es el que conduce a la salvación.
La reflexión sobre el bautismo de Jesús nos invita a considerar el profundo significado de nuestro propio bautismo. Así como Jesús fue ungido e identificado como el Hijo amado, también nosotros, por el sacramento, somos adoptados como hijos en el Hijo. Este pasaje nos desafía a vivir en una constante actitud de obediencia y humildad, buscando “cumplir toda justicia” a través de nuestra vocación cristiana. Al igual que Jesús se sometió al agua para ser un modelo, se nos llama a vivir inmersos en la voluntad de Dios, llevando los frutos del Espíritu Santo en el mundo y respondiendo al amor del Padre con una vida que le sea plenamente agradable.
CONTEMPLACIÓN (Dios me mira y yo lo miro)
Para realizar esta contemplación, te invito a cerrar los ojos por un momento e imaginar la escena a orillas del Jordán: siente el calor del sol y el sonido del agua fluyendo mientras observas a Jesús, el Creador del Universo, inclinando su cabeza con profunda humildad ante Juan. Al sumergirse, no es el agua la que lo limpia a Él, sino que es Su santidad la que santifica todas las aguas de la tierra, abrazando tu propia fragilidad y humanidad en ese gesto de entrega. Visualiza los cielos rasgándose sobre ti y siente el descenso suave, como de paloma, del Espíritu Santo, mientras escuchas en lo más íntimo de tu ser la voz del Padre que no solo se dirige a Jesús, sino que te alcanza a ti, recordándote que tú también eres su hijo amado, en quien Él se complace, transformando este momento en un puente eterno donde el cielo y tu vida cotidiana quedan unidos para siempre por el amor.
ACCIÓN (en este momento de manera personal o como comunidad se pueden proponer unos compromisos para ponerlos en práctica). Proponemos los siguientes:
- Servir con humildad: Realiza una tarea sencilla o de ayuda que “no te corresponda” para imitar la sencillez de Jesús en el Jordán.
- Afirmar tu identidad: Repite al iniciar el día: “Soy hijo amado de Dios”, buscando tu valor en Su amor y no en tus éxitos.
- Ser consuelo para otros: Escucha o ayuda a alguien que sufra, siendo tú ese “cielo abierto” y esa mano amiga que el otro necesita.
ORACIÓN FINAL
Señor, al terminar esta meditación, te entregamos los frutos de lo que hemos sembrado en nuestro corazón. Ayúdanos a que el compromiso de vivir como bautizados no se quede en un buen deseo, sino que se convierta en acciones concretas de servicio y humildad. Que así como los cielos se abrieron para Ti, nuestra vida sea hoy una puerta abierta para que otros puedan encontrarte a través de nosotros.
Amén.



