“Yo te digo, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 19)

Una epopeya de creatividad y resistencia: 493 años de la institución viva más antigua de Colombia

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 19). Estas palabras de Jesús nacen de una confesión de fe y revelan el corazón mismo del proyecto de Dios: la Iglesia no surge de una iniciativa humana, sino de la revelación del Padre y de la respuesta creyente, que se convierte en fundamento. En el evangelio de Mateo, la “piedra” no es solo una persona, sino la fe confesada y acogida, sobre la cual Cristo mismo edifica, sostiene y protege su Iglesia frente a toda adversidad. Desde este sentido originario del Evangelio, contemplamos y celebramos los 493 años de la diócesis de Santa Marta, reconociendo que toda su historia se apoya, ante todo, en esa palabra de Jesús que sigue llamando a crecer, a confiar y a dejarse edificar por Él.

El 9 de enero de 2026 nos sitúa en un umbral de trascendencia histórica innegable: los 493 años de la Diócesis de Santa Marta. Al profundizar en este acontecimiento, no nos limitamos a la celebración de una estructura administrativa, sino que asistimos a la consolidación de la institución viva más antigua y resiliente de todo el territorio colombiano y de buena parte del continente. La importancia de la sede samaria radica en su victoria sobre el tiempo y la adversidad, un mérito que resalta especialmente cuando se contrasta con los intentos fallidos que le precedieron en la geografía americana. Mientras que otras iniciativas eclesiásticas y civiles sucumbieron ante la hostilidad del entorno o la inestabilidad política, Santa Marta permaneció. Es el caso de Santa María la Antigua del Darién, fundada en 1510 y erigida como la primera sede episcopal en tierra firme en 1513, la cual tuvo una existencia efímera y terminó desapareciendo debido a las luchas internas, el clima implacable y el traslado de su población a Panamá. Lo mismo ocurrió con la primigenia Diócesis de Coro, en Venezuela, que a pesar de haber sido creada poco antes que la samaria, sufrió una inestabilidad tal que su sede tuvo que ser trasladada a Caracas, perdiendo su arraigo territorial original. En cambio, la Diócesis de Santa Marta, desde su erección canónica en el consistorio del 9 de enero de 1533 por el Papa Clemente VII, ha mantenido una continuidad ininterrumpida en el mismo solar geográfico, convirtiéndose en el testigo presencial del nacimiento, la crisis y la maduración de una nación.

Esta permanencia convierte a la Diócesis en la columna vertebral de la historia regional. Mientras los gobiernos coloniales cambiaban, las fronteras se redibujaban y las repúblicas nacían entre el fragor de las batallas, la estructura diocesana permaneció como el único hilo conductor que garantizó la cohesión social y la preservación de la memoria. El primer obispo nombrado para esta sede fue Alfonso de Tobes, por bula de Clemente VII. Sin embargo, este no alcanzó a cruzar el océano. No obstante, la historia eclesiástica a menudo se escribe con las ausencias. Esta coyuntura marca el inicio de una sucesión apostólica que no se ha detenido ni un solo día en casi cinco siglos. A este, le seguirían figuras episcopales que debieron pastorear una grey dispersa en un territorio geográficamente indómito, pero espiritualmente fértil.

Esta estabilidad institucional es la que permite que hoy, en 2026, podamos consultar archivos que datan de épocas en las que la mayoría de las instituciones modernas ni siquiera eran un proyecto. La Diócesis de Santa Marta no solo ha sobrevivido a los elementos, sino que ha sido el “archivo vivo” de la identidad caribeña, custodiando en sus libros parroquiales y actas capitulares los nombres y las vidas de generaciones de hombres y mujeres que, bajo la sombra de su Catedral, construyeron la patria.

Sin embargo, nuestra historia no ha sido un camino de paz, sino una epopeya de creatividad y resistencia. Santa Marta, por su ubicación estratégica, fue durante siglos el blanco predilecto de la ambición extranjera. Nuestra fe fue probada en el fuego de los ataques piratas: hombres como Francis Drake, John Hawkins y otros corsarios ingleses, franceses y holandeses saquearon nuestra ciudad y quemaron nuestros templos en repetidas ocasiones. Pero fue precisamente en esas horas oscuras en las que surgió la figura heroica de nuestros obispos. No fueron solo jerarcas de altar, sino verdaderos defensores de la ciudad y de su gente. Obispos como Juan de los Barrios o el gran historiador y prelado Lucas Fernández de Piedrahita, quien llegó a ser capturado por los piratas Coz y Duncan, demostraron que la cruz era también un escudo. Estos pastores no abandonaron su grey; por el contrario, lideraron la reconstrucción de los muros y de los ánimos, recordándole al pueblo que Santa Marta era una ciudad bendecida que, aunque cayera mil veces, mil veces se levantaría. Su defensa no fue solo física, sino moral, manteniendo viva la llama de la esperanza cuando todo parecía cenizas.

Nuestra labor pastoral ha estado siempre iluminada por la encíclica Sublimis Deus de 1537. Allí, el Papa Pablo III, con una claridad que hoy nos sigue asombrando, declaró la libertad y la dignidad intrínsecas de todos los seres humanos. Nuestros obispos, armados con esta verdad, fueron los primeros defensores de los derechos de los habitantes de estas tierras, proclamando que nadie debía ser privado de su libertad ni de sus bienes. Esta convicción moral fue la que dio sentido a la construcción de nuestra catedral basílica en el siglo XVIII: un templo de piedra maciza levantado para durar milenios, simbolizando que nuestra fe no es de paja ni de madera, sino una roca firme sobre la cual se asienta nuestra historia.

En el centro de esta epopeya y estas vicisitudes históricas, la guía segura ha sido siempre el Espíritu de Dios, gran protagonista de la vida y misión de la Iglesia (cf. Hch 1,8); y como una presencia silenciosa y perenne, se encuentra la imagen de la Inmaculada Concepción, ella es la testigo más antigua y fiel de nuestra historia. Llegó a estas playas hace casi quinientos años y ha permanecido allí, en nuestra catedral, viendo pasar los siglos. Su mirada serena ha contemplado el humo de los incendios piratas, el fragor de las batallas de independencia y la transformación de nuestra ciudad. Ella es más que una reliquia. Es el corazón maternal de la diócesis. Que hoy, en 2026, la misma imagen que consoló a los primeros samarios en el siglo XVI siga presidiendo nuestra Catedral Basílica, es el milagro palpable de nuestra continuidad; su permanencia es el reflejo de la permanencia de la propia Diócesis: ¡inquebrantable frente a los ataques y eterna en su amor!

Llegar a este 493° aniversario en 2026 es, por lo tanto, un acto de justicia histórica. Reconocer a la Diócesis de Santa Marta como la institución viva más antigua significa entender que ella ha sido el único testigo que ha visto pasar toda la historia de Colombia, desde la llegada de los primeros misioneros hasta los desafíos de la modernidad actual. Mientras las empresas de conquista se desvanecían y las ciudades se abandonaban, la diócesis se fortalecía, creando parroquias, fundando cofradías y organizando la caridad social. Su importancia en la historia no es solo religiosa, sino estructural. Ella es la guardiana de una continuidad que nos permite decir que, en Santa Marta, la historia no se interrumpió, sino que se transformó y maduró. Al encaminarnos hacia el quinto centenario en 2033, este artículo reafirma que la sede samaria es el corazón histórico de la nación, una institución que, habiendo superado el destino de empresas de diversa índole –incluso eclesiástico–, sigue hoy más vigente que nunca, pastoreando no solo almas, sino la identidad misma de un pueblo que se reconoce en su fe.

Pbro. Jorge Luis Martínez Echeverría
Vicario de Pastoral

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