Orar por tu cónyuge: un acto de amor y fe

El matrimonio es una alianza entre un hombre y una mujer que constituyen una comunidad de vida y amor, ordenada al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. No es una invención del ser humano; su autor es Dios mismo, quien lo inscribió en la ley natural y lo elevó, en Cristo, a la dignidad de sacramento. Casarse no es solo firmar un contrato, sino responder a una vocación y acoger un don de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1601-1603).

¿El matrimonio es fácil? La verdad es que no. Sin embargo, es una de las mejores elecciones cuando decides unir tu vida a la de otra persona. Amar cada día al esposo o a la esposa esa persona imperfecta, como también lo eres tú no es una tarea sencilla. Implica paciencia, perdón, humildad, coraje, fortaleza y amor. Como suele decir mi esposo, el matrimonio es una elección diaria: elegir a la misma persona todos los días y decidir amarla un poco más en cada amanecer.

No obstante, cuando llegan las dificultades, muchas veces sentimos que todo se desvanece y, peor aún, olvidamos un arma poderosa: orar por el cónyuge.

El matrimonio no depende solo de las fuerzas humanas; se fortalece y se sostiene por la gracia divina, aquella que se recibe para vivir la vocación de esposos. La gracia del sacramento perfecciona el amor entre los esposos, fortalece su unión y los conduce por el camino de la santificación en la vida familiar. Sin embargo, es importante aclarar que esta gracia no elimina las dificultades, sino que ayuda al hombre y a la mujer, ahora esposos, a atravesar, sobrellevar y vencer los problemas que se presentan en la vida matrimonial. La espiritualidad matrimonial se fundamenta en el amor divino; de ahí que Dios habite en el vínculo conyugal, el cual se sostiene a través de la oración, manteniendo viva la presencia de Dios en el amor entre los esposos. (Papa Francisco, Amoris Laetitia, nn. 72–74; 315)

San Pablo invita a los esposos a amar siguiendo el ejemplo de Cristo, quien en el acto supremo de amor se entregó en la cruz por nosotros. En el matrimonio cristiano, amar al cónyuge implica cuidar, respetar, valorar y donarse cada día, incluso en medio de las dificultades que afectan a la vida conyugal. Este amor no busca imponerse ni exigir, sino entregarse con paciencia y fidelidad, reflejando la entrega de Cristo por su Iglesia. Orar por el cónyuge se convierte, entonces, en una manera concreta de vivir este llamado: poner al otro en manos de Dios, pedir por su bien y aprender a amar como Cristo nos ama. (Efesios 5, 25-33).

Amar y orar por el cónyuge es un camino de santificación al que estamos llamados a recorrer juntos. Es entregarse en cuerpo y alma a la salvación de la persona con la que compartes la vida, con quien duermes y despiertas cada día. Es una lucha cotidiana que exige fidelidad, donación total, paciencia, perdón y entrega, teniendo siempre como fundamento a Jesucristo, porque un matrimonio cimentado sobre la roca no desfallece.

La oración sostiene, fortalece y santifica la vida matrimonial. Por eso, querido lector, si estás casado o casada, nunca dejes de orar por tu cónyuge. Orar por él o por ella es cooperar con la gracia del sacramento del matrimonio y permitir que Dios actúe en la vida de la persona que has elegido para compartir tu camino en este mundo.

La oración fortalece la fidelidad, sana las heridas, renueva el amor y hace del matrimonio un espacio donde Dios se hace presente, convirtiéndolo en signo del amor fiel y eterno de Cristo por su Iglesia.

En este nuevo año, te invito a asumir un reto sencillo pero profundo, si aún no lo has hecho: orar por tu cónyuge todos los días, sin falta. Recuerda que fuiste tú quien lo eligió libremente y que Dios obró para que ese amor se transformara en un camino de santificación a través del matrimonio. Nuestra misión como esposos es poner en oración la vida de la persona que Dios nos regaló, confiando en que Él siga actuando en su historia y en la nuestra.

Roguemos a la Sagrada Familia de Nazaret para que el amor entre los esposos crezca y se fortalezca cada día, y para que surjan matrimonios santos capaces de transformar la dura realidad que hoy viven muchas familias.

Un matrimonio fecundo es aquel que deja que Dios habite en su historia y transforme su amor en bendición para otros.

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