- Por: P. José Antonio Díaz Hernández

EL Obispo diocesano es la autoridad competente para el traslado de los párrocos. No es tarea fácil:
Necesitamos asumir todos, sacerdotes y laicos, que nadie tiene la parroquia o el párroco en propiedad. Primero, para el sacerdote la parroquia es su parroquia en la medida en que se entrega, trabaja, lucha por la santificación de los fieles encomendados a su cuidado pastoral. Segundo, para los fieles, su párroco es su párroco porque es el sacerdote nombrado por el Obispo para atender esa comunidad.
A la hora de plantear el cambio de parroquia o actividad a algún hermano presbítero, debe existir profundas motivaciones evangélicas:
- Su disponibilidad para el servicio a la Iglesia.
- Su sentido de obediencia al Obispo de quienes se consideran colaboradores.
- Desapego total a los cargos y parroquias donde han trabajado y deseos de servir al pueblo de Dios, ya que fueron ordenados para este ministerio.
Sin embargo, no es sencillo. Indudablemente, todo cambio exige un esfuerzo personal y genera hasta cierto punto, una gran dosis de inquietud, pues, la tarea de ser pastor de una comunidad parroquial, conlleva una entrañable relación con las personas que, a veces es difícil de superar y engendra dolor cuando hay que cambiar a otra realidad.
Pero esto no sólo les sucede a los sacerdotes que viven estos cambios con una gran carga emotiva, sino también, a los feligreses y especialmente, a los más comprometidos con la parroquia; es un momento que pone a prueba su fe y su pertenencia a la Iglesia, sobre todo si el sacerdote lleva muchos años sirviendo a la comunidad o existe algún proyecto pastoral que no se ha concluido.
Por ese motivo, sería bueno que, ante el cambio de un párroco, estemos abierto a la acción del Espíritu. Sin duda, un cambio de párroco siempre es un momento de gracia, un “kairos”, tanto para el presbítero como para los fieles en general.
P. José Antonio Díaz Hernández
Sacerdote Diócesis de Santa Marta


