No crean que he venido a abolir, sino a dar plenitud

“No crean que he venido a abolir, sino a dar plenitud”
Mt 5, 17-37

El Evangelio de este domingo, tomado del Sermón de la Montaña (cc. 5-7), nos ayuda a entender qué significa realmente vivir el Reino de Dios. Jesús no viene a borrar el pasado ni a quitar las reglas. Él viene a explicarnos qué es lo que Dios siempre quiso decirnos. No quiere que obedezcamos por miedo o por costumbre, sino que dejemos que su ley sea escrita en nuestro corazón.

Jesús nos dice algo que nos cuestiona: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino”. Esto no significa que debamos ser más estrictos o perfectos que los demás, sino que debemos ser más auténticos.

Los fariseos se preocupaban mucho por lo exterior, por la apariencia. Jesús, en cambio, nos pide ir a la raíz. No sirve de nada tener las manos limpias si el corazón está lleno de orgullo o desprecio. La verdadera santidad no se realiza por el cumplimiento de normas, sino que consiste en dejar que la gracia de Dios moldee nuestro corazón para vivir en nosotros la vida misma del Señor y actuemos en todo movidos por su Espíritu como buenos hijos de Dios Padre.

Jesús nos propone una interesante secuencia de frases en contraste, según este modelo: “Han oído que se dijo… pero yo les digo”. Con esto, nos enseña -por ejemplo-, que el pecado no empieza en la mano que golpea, sino en el pensamiento que odia.

  • La reconciliación es primero: De nada sirve rezar en el templo si no estamos en paz con los demás. Jesús nos pide que, antes de ofrecer algo a Dios, busquemos a quien hayamos ofendido para pedir perdón.
  • Cortar con lo que nos hace daño: Cuando habla de sacarse un ojo o cortarse la mano, no nos pide hacernos daño físico. Nos está diciendo que seamos valientes para sacar de nuestra vida esos hábitos o amistades que nos alejan del bien.
  • La verdad por delante: “Que su sí sea sí, y su no sea no”. Jesús quiere que seamos personas transparentes, que no necesitemos juramentos para que los demás confíen en nosotros.

En resumen, ser cristiano no es conformarse con no hacer nada malo. Jesús nos invita a una meta más alta: ¡hacer siempre el bien! No se trata de cumplir con lo mínimo, sino de darlo todo. Al final, la medida de nuestra fe es la misericordia que mostramos a los demás, siendo un reflejo vivo del amor de Dios en el mundo.

Ver el dominical:

Compartir:

Otros Dominicales…