Marta lo recibió. María ha escogido la parte mejor
Lc 10, 38-42
El evangelio de hoy nos ofrece una profunda reflexión que resuena de manera especial en este día tan significativo para nuestra nación, la fiesta de la Independencia de Colombia. De entrada, vemos a dos hermanas con roles aparentemente opuestos: Marta, afanada en el servicio y la hospitalidad, y María, sentada a los pies de Jesús, atenta a sus palabras. Jesús elogia a María por haber escogido “la mejor parte”, no para desmeritar el trabajo de Marta, sino para recordarnos la primacía de la escucha y la relación con lo esencial.
En un país como Colombia, con una historia marcada por el esfuerzo y la lucha por la libertad, la figura de Marta representa a tantos que, con dedicación incansable, construyen nuestra nación día a día. Son los agricultores que labran la tierra, los trabajadores que impulsan la economía, las madres y padres que sostienen sus hogares, los líderes que buscan soluciones a los desafíos sociales. Su labor, su “mucho servicio”, es vital y sin él, nuestra independencia no sería una realidad sostenible. Así como Marta se preocupaba por atender a Jesús y sus discípulos, miles de colombianos se afanan en las tareas diarias para asegurar un futuro digno para todos.
Sin embargo, la amonestación de Jesús a Marta nos invita a una pausa necesaria. En medio del “mucho afán” y las múltiples preocupaciones que caracterizan nuestra realidad, ¿estamos olvidando la “mejor parte” de la que habla el Maestro? María, con su actitud contemplativa, nos recuerda la importancia de la espiritualidad, de la escucha atenta, del discernimiento y de la búsqueda de la sabiduría que viene de lo alto. En un país que anhela la paz y la reconciliación, y que conmemora su libertad, es fundamental no solo “hacer”, sino también “ser”: nutrir el espíritu, reflexionar sobre nuestros valores, buscar la verdad y la justicia, y fortalecer nuestra relación con Dios.
El desafío para la Colombia de hoy, y para cada uno de nosotros en este 20 de julio, es encontrar el equilibrio entre la acción incansable de Marta y la contemplación profunda de María. No se trata de elegir una sobre la otra, sino de integrar ambas dimensiones. Necesitamos la energía y el compromiso de quienes construyen, pero también la lucidez y la guía de quienes se detienen a escuchar la voz de Dios y la voz de la conciencia, para que nuestro trabajo sea siempre más humano, más justo y más orientado al bien común. La independencia plena no es solo política, sino también espiritual, la libertad de ser y actuar guiados por principios elevados.
Al cultivar la vida de oración y la contemplación, en medio del ajetreo diario, podemos encontrar paz y una conexión más profunda con Dios. Ser contemplativos no significa abandonar nuestras tareas, sino integrar la escucha atenta de la Palabra de Dios, dedicando un tiempo diario a meditar la Biblia. Implica practicar el silencio y la quietud, aunque sean solo unos minutos, para calmar nuestra mente y abrirnos a la presencia divina. También se trata de orar con el corazón, hablando con Dios como un amigo, y de encontrar Su presencia en lo cotidiano, reconociendo Su mano en las pequeñas cosas de cada día. Finalmente, cultivar la gratitud nos ayuda a ver las bendiciones y a mantener un espíritu abierto. Al adoptar estas prácticas, enriquecemos nuestra vida y damos un propósito más profundo a todo lo que hacemos.
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