El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha enviado a evangelizar a los pobres
Mt 11, 2-11
El evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista, un predicador fuerte y valiente, encerrado en una cárcel. Él había anunciado a un Mesías que iba a ser una especie de juez poderoso. Pero lo que escucha sobre Jesús es que sana gente y ayuda a los pobres. Por eso, con una mezcla de duda y esperanza, envía a preguntar: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» ¡Esta pregunta nos toca el alma! Nos recuerda que incluso los más cercanos a Dios pueden tener dudas cuando la realidad no se ajusta a lo que esperan. Juan representa a la humanidad que espera con ansias la llegada de Dios, pero se sorprende de que Él llegue de una forma tan humilde y sencilla.
Jesús no responde con un simple “sí”, sino que invita a Juan a mirar su trabajo: “los ciegos ven y los cojos andan… y los pobres son evangelizados”. Esta respuesta es una prueba de que Él está cumpliendo las promesas que estaban escritas en el profeta Isaías (cap. el 35 y 61). En pocas palabras, Jesús les está diciendo: “Mírenme, y verán que todo lo que los profetas dijeron que haría el Mesías, yo lo estoy haciendo”. La prueba de que Jesús es Dios no son sus títulos, sino el poder transformador que trae al mundo, en este caso, la recuperación de la vista de los ciegos y de la dignidad a los que más sufren.
Justo después de mostrar sus obras, Jesús lanza una advertencia importante: «¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». ¿Qué significa esto? Significa que podemos “tropezar” con Jesús, ofendernos con Él, si esperamos que actúe de otra manera. Si esperamos un Mesías rico, imponente, o que resuelva nuestros problemas de forma mágica, nos chocará ver que Él eligió el camino de la sencillez y el servicio. Ser dichoso es aceptar y alegrarse con el Jesús humilde, que se pone del lado de los últimos. Tenemos que cambiar nuestra idea de un Dios poderoso que exige, por la de un Dios poderoso que sirve y restaura.
Cuando los discípulos se van, Jesús aprovecha para darle el mayor de los elogios a Juan. Pregunta a la gente si esperaban ver a alguien débil como una “caña sacudida por el viento” (que se doblega ante cualquier presión) o un hombre de ropas lujosas. La respuesta es no. Juan era un profeta firme y austero. Además, Jesús confirma que Juan es el gran mensajero que había sido anunciado en el libro de Malaquías (3, 1), el que venía a preparar el camino. Juan es un modelo de coherencia y valentía, un ejemplo para nosotros de cómo debemos prepararnos para la llegada de Cristo: con un carácter fuerte y sin buscar las comodidades del mundo.
El texto concluye con una paradoja que lo cambia todo: “no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”. Juan fue el mejor de todos los hombres bajo el Antiguo Pacto. Pero el “más pequeño” que ya vive bajo el Reino que Jesús trae (la Nueva Alianza) es más grande. ¿Por qué? Porque nosotros ya recibimos el regalo completo de la gracia y la salvación de Jesús.
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