“¡Que llega el esposo, salgan a su encuentro!”
Mt 25, 1-13
El Evangelio de este domingo nos sitúa en el contexto de las bodas judías en tiempos de Jesús. Las jóvenes acompañaban a la novia esperando de noche la llegada del esposo para entrar al banquete. Con este trasfondo, entendemos que, en la parábola, Mateo nos ofrece una profunda lección sobre el eschaton —palabra griega del NT que alude al encuentro final con Dios—, recordándonos que el Reino de los cielos es una realidad que se construye en el presente mientras esperamos el retorno glorioso de Señor. La voz que resuena a medianoche: «¡Que llega el esposo, salgan a su encuentro!» (Mt 25, 6), es una llamada a vivir en constante estado de alerta y de esperanza.
Desde una perspectiva teológica, el aceite de la parábola representa el don del Espíritu Santo y las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— operantes en la vida del creyente. Las lámparas son el signo externo de nuestra profesión de fe, pero necesitan de ese «combustible interior» que solo el amor y la gracia divina pueden alimentar. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, «las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad» (CEC, n. 1812). De nada sirve conservar la estructura formal de la fe si falta el aceite de la caridad que mantiene vivo el fuego de la gracia en nuestro corazón.
El detalle de la tardanza del esposo (Mt 25, 5) refleja el tiempo de la Iglesia: ese periodo intermedio entre la resurrección de Cristo y su segunda venida en el que la fragilidad humana puede caer en la tibieza. San Juan Pablo II nos recordaba que este tiempo «requiere una fe firme y una vigilancia operante» (Ángelus, 12 de noviembre de 1989), previniéndonos contra la rutina. La imprudencia de las vírgenes necias no estuvo en dormirse, pues a todas las venció el cansancio, sino en no haber previsto la reserva espiritual necesaria para sostenerse a lo largo de toda la noche.
La negativa de las vírgenes prudentes a compartir su aceite (Mt 25, 9) subraya un principio teológico fundamental: la respuesta al llamamiento de Dios es estrictamente personal, libre e intransferible. La salvación y la santidad son dones de Dios, pero exigen la correspondencia de cada persona en su existencia concreta. El Papa Benedicto XVI explicaba a este respecto que «el aceite representa el amor que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva y se acrecienta en las obras» (Ángelus, 6 de noviembre de 1989 / 2011). Nadie puede amar, creer ni convertirse por otro en el momento del juicio; cada uno responde de la gracia que le ha sido confiada.
El desgarrador «no las conozco» (Mt 25, 12) expresa la tragedia de quien busca la comunión divina cuando ha dejado apagar la vida del Espíritu en su interior. Por ello, Jesús concluye con una exhortación de alcance universal: «Velen, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25, 13). El Concilio Vaticano II nos exhorta a recordar que «no sabiendo el día ni la hora, velemos continuamente para que […] merezcamos entrar con Él a las bodas» (Lumen Gentium, n. 48). Mantener la lámpara encendida no significa vivir con angustia, sino cultivar día a día, mediante la oración y el amor al prójimo, una comunión viva con Cristo para entrar con alegría a su fiesta eterna.
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