Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo

“Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo”
Mt 5, 1-12a

El Evangelio de este domingo nos propone las Bienaventuranzas, un mapa hacia la verdadera alegría que Jesús mismo vivió. Al sentarse en el monte y abrir su corazón, el Maestro no nos impone una lista de cargas imposibles, sino que nos invita a mirar la vida con sus propios ojos. Como nos recordaba el Papa Benedicto XVI: «Las Bienaventuranzas son el retrato de Cristo, su biografía trazada desde dentro». En ellas descubrimos que Dios no busca personas perfectas, sino corazones dispuestos a dejarse transformar por su amor.

Ser «pobres en el espíritu» no significa no tener nada, sino reconocer que necesitamos de Dios en cada paso. Por eso, alguna traducción moderna de la Biblia prefiere decir:  “Bienaventurados los que tienen corazón de pobre”. Cuando soltamos el orgullo y la autosuficiencia, abrimos la puerta para que la gracia divina actúe. De igual forma, al hacernos «mansos» y «limpios de corazón», aprendemos a reaccionar con paciencia, ternura y sinceridad ante los demás, dejando que sea el amor y el compromiso activo por la paz quien dirija nuestros días.

El texto de san Mateo también nos promete un gran consuelo al asegurar que «los que lloran serán consolados» y «los que tienen hambre y sed de la justicia quedarán saciados». Jesús sabe que la vida presenta momentos de dolor, cansancio e injusticia, pero nos garantiza que ninguna lágrima cae en saco roto. Dios sostiene nuestras luchas y recompensa la fidelidad de quien busca el bien sin cansarse.

Por otro lado, cuando el Señor proclama dichosos a los «misericordiosos» y a los que «trabajan por la paz», nos confía una misión hermosa y concreta. Ser artesanos de la reconciliación en la familia, el trabajo y la comunidad es el camino más directo para reflejar la presencia de Dios en el mundo ¡Cuán actual es este compromiso entre nosotros, en nuestra tierra magdalenense! El perdón y la paz no son signos de debilidad, sino la máxima expresión de la fuerza del amor cristiano.

Aunque seguir esta ruta implica ir contracorriente y a veces enfrentar incomprensiones, la recompensa es una paz interior que nadie nos puede quitar. Nos hace bien recordar otra luminosa enseñanza de Benedicto XVI: «Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande». Que este domingo nos llene de ánimo para abrazar el estilo de vida de Jesús, compartir su alegría con todos los que nos rodean y dejar que Él nos haga santos como Él es santo.

Ver el dominical:

Compartir:

Otros Dominicales…