“Al desembarcar vio Jesús la multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos”
Mt 14, 13-21
Todos experimentamos una sed que ningún bien material puede apagar. No es solamente la sed de agua ni el hambre de pan, sino el deseo profundo de encontrar un sentido para la vida, de amar y ser amados, de alcanzar una felicidad duradera y una esperanza que no defraude. Esa sed la ha puesto Dios mismo en nuestro corazón. Él nos creó para conocerlo, buscarlo y vivir en comunión con Él.
Por eso el profeta Isaías nos dirige una invitación llena de esperanza: «Oiga, sedientos todos». Dios ofrece gratuitamente aquello que el ser humano más necesita: su amor, su Palabra y la vida que no termina. Al mismo tiempo nos hace una pregunta que sigue siendo actual: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?». Muchas veces buscamos la felicidad en el bienestar, el poder o los bienes materiales. Son realidades valiosas, pero ninguna puede llenar el corazón humano. Solo Dios puede hacerlo. Por eso nos dice: «Escúchenme y vivirán».
El Evangelio muestra el cumplimiento de esta promesa en Jesucristo. Después de la misión de los discípulos, Jesús se encuentra con una multitud que lo busca porque necesita escuchar su palabra y experimentar su misericordia. Conmovido por su sufrimiento, (Jesús siente una conmoción visceral, un sentimiento profundo dentro de sí) cura a los enfermos y, al caer la tarde, no quiere despedir a la gente con hambre. Mientras los discípulos solo ven cinco panes y dos peces, Jesús les enseña a confiar en la abundancia del amor de Dios: «Denles ustedes de comer».
Al tomar el pan, bendecirlo, partirlo y entregarlo a sus discípulos para que lo distribuyan, Jesús anticipa el misterio de la Eucaristía. Todos comen hasta saciarse y todavía sobra. El verdadero milagro es que Dios se revela como Aquel que nunca abandona a sus hijos y siempre tiene con qué alimentar su vida.
Cada domingo el Señor continúa reuniéndonos alrededor de dos mesas inseparables: la de la Palabra y la de la Eucaristía. En ellas fortalece nuestra fe, ilumina nuestro camino, purifica nuestra motivaciones, abre nuestros corazones a su voluntad y nos da la fuerza para compartir con los demás lo que gratuitamente hemos recibido.
San Pablo completa este mensaje con una afirmación que sostiene toda esperanza cristiana: nada podrá separarnos del amor de Cristo. Ni el sufrimiento, ni la enfermedad, ni las dificultades, ni siquiera la muerte pueden vencer el amor con que Cristo nos ama. Nuestra seguridad no está en nuestras fuerzas, sino en la fidelidad del Señor.
La invitación de este domingo es clara: no dejemos apagar la sed de Dios que Él ha sembrado en nuestro corazón. Aprendamos a descubrir su presencia en la oración, en la Sagrada Escritura, en la Eucaristía y también en cada gesto de amor, de servicio y de perdón. Solo quien busca a Dios por encima de todo descubre la verdadera plenitud de la vida y encuentra el pan que sacia para siempre.
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