“Si me aman, guardarán mis mandamientos”
Jn 14, 15-21
En la liturgia de este domingo seguimos escuchando al Señor Jesús en su discurso de despedida a sus discípulos. A través de sus palabras descubrimos la vida de la Iglesia, del discípulo, hoy. Jesús está en vísperas de su muerte redentora y contempla el futuro de sus discípulos. En su ausencia ¿estarán solos? ¿Hacia dónde volverán sus miradas? ¿Cómo es su relación con ellos en esa situación nueva?
Jesús les habla de su mandamiento, el nuevo, el amor suyo recibido por los discípulos y vivido en intensidad entre ellos como signo ante el mundo de la autenticidad de su ser nuevo. Aquí nos habla de sus mandamientos: Si me aman, guardarán mis mandamientos. La ley antigua tenía por autor a Dios, exclusivamente él. Ahora Jesús se declara como el que entrega una ley nueva, en su nombre. Asume el papel de Dios. Esa palabra no podía menos de interrogar a sus discípulos educados en la ley antigua. La novedad está en la conexión íntima que Jesús establece entre el amor a él y el cumplimiento de sus mandamientos. Cuánto tenemos que aprender nosotros de ese principio. En nuestra vida fácilmente mandamientos y amor al Señor andan divorciados. Jesús quita a los mandamientos lo odioso de la imposición y hace de ellos lenguaje de la autenticidad del amor.
¿Cómo cumplirlo? Jesús nos dice que solo en Dios y desde Dios es posible vivirlo. Y para ello promete a sus discípulos el Espíritu de Dios. Yo pediré al Padre que les dé otro Paráclito que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad. ¿Qué significa la palabra Paráclito? El cristiano está ante el mundo en ocasiones como un testigo de Dios y eso lo hace sentir como un acusado que debe responder de su fe. Paráclito significa en lenguaje jurídico abogado. Ese personaje que acompaña, ilumina, aconseja, sostiene, consuela, mantiene la esperanza del acusado en su juicio. El acusado lo llama para que esté a su lado. Que no lo abandone. Ese es el sentido original de la palabra.
Pero este abogado es distinto. Jesús lo llama el abogado de la verdad. Preguntémonos también qué es la verdad. No se trata solamente de que tiene ciencia recta de los acontecimientos. Esa palabra encierra el misterio mismo de Dios en su compromiso con el hombre. Toda la realidad de la Palabra de Dios, de las promesas divinas, de la presencia activa de Dios a lo largo de la historia de la humanidad y de cada uno en particular, de lo que Dios se ha propuesto en la obra de la creación, de la encarnación, de la redención del hombre.
A partir de esta experiencia del Espíritu se establece una relación nueva entre Jesús y el discípulo. Este no puede existir sin él. Sería el desamparo total de Dios y por tanto el sinsentido de la vida, el vacío fundamental. El mundo, todo aquello que no conoce a Dios y se opone a él, no podrá ver al Jesús glorioso, pero el discípulo lo verá, recibirá de su vida para vivir, porque Jesús es el viviente para siempre. Esa unión trae como consecuencia la unión íntima con el Padre Dios: Entonces, cuando la glorificación de Jesús, sabrán que yo estoy en el Padre, ustedes conmigo y yo en ustedes. El cristianismo vivido intensamente es totalmente distinto de toda otra experiencia religiosa. No se trata solamente de conocer a Dios, adorarlo y pedirle favores. Es la experiencia profunda del hombre, desde su pequeñez y debilidad, de Dios, el gran Dios que vive.
Ver el dominical:



