No conviertan en un mercado la casa de mi Padre

No conviertan en un mercado la casa de mi Padre
Jn 2, 13-22

El pasaje del evangelio de hoy, que narra la llamada purificación del templo de Jerusalén, es un gran signo profético de Jesús. El Señor vio que el lugar sagrado, la “casa de su Padre,” se había convertido en una “casa de negocio”, en un simple mercado lleno de negocios y ruido. Su acción, fuerte y apasionada, fue una forma de decir: “¡Basta! Este lugar es para la oración y el encuentro con Dios, no para ganar dinero” Con esto, Jesús no solo estaba enojado por la codicia, sino que estaba anunciando algo mucho más grande: que la antigua alianza estaba dando paso a la nueva alianza en Cristo.

La clave de todo está en lo que Jesús dice después: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré” Juan nos explica que Jesús no hablaba del edificio de piedra, sino de su propio cuerpo. Esto significa que Jesús mismo es el lugar de encuentro definitivo con Dios. Ya no necesitamos ir a un templo de piedra para que nuestros sacrificios sean aceptados; el sacrificio de Jesús en la Cruz y su Resurrección son la conexión perfecta y final con el Padre. Él es el Templo Nuevo que Dios nos dio.

Aquí es donde entra la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que celebramos hoy. Este templo, el más antiguo y “cabeza de todas las iglesias” en el mundo, nos recuerda que la Iglesia es la continuación de ese Templo-Cuerpo de Cristo. Al celebrar su dedicación, celebramos que ahora, gracias a Jesús, tenemos lugares sagrados donde podemos reunirnos para adorar y celebrar el memorial del sacrificio redentor de Señor. Pero la enseñanza de Jesús es clara: estas iglesias deben ser lugares de oración, de encuentro de la comunidad y de experiencia de Dios, lejos de cualquier otra cosa o interés.

Esta reflexión tiene una aplicación muy personal para cada uno de nosotros. Si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, entonces cada creyente, es como un pequeño templo; en efecto, somos “templo del Espíritu Santo”. La purificación del Templo en el Evangelio nos invita a hacer una limpieza en nuestro propio corazón. Debemos sacar de nuestra vida todo aquello que es indigno de Dios: el egoísmo, la ambición desmedida, o la superficialidad. Estamos llamados a dedicar al Señor nuestra vida para que sea un espacio digno donde Dios pueda habitar.

En resumen, la fiesta de la Basílica de Letrán y la acción de Jesús en el Templo nos dicen que Él es el centro. Él es el lugar donde Dios habita y donde el verdadero culto sucede: él es el sacerdote, la víctima y el altar. Al honrar esta Basílica, la “Madre de las iglesias,” celebramos que Dios ha establecido su morada en la comunidad cristiana. Esto nos compromete a vivir con la misma pasión y respeto por lo divino que mostró Jesús, manteniendo limpios y dignos nuestros lugares de culto y, sobre todo, nuestro propio corazón, para que sean un verdadero hogar para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Ver el dominical:

Compartir:

Otros Dominicales…