VII Domingo del Tiempo de Pascua – Ciclo C – Ascensión del Señor

“Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo”
Lc 24, 46-53

El evangelio de este domingo nos presenta el culmen de la misión terrenal de Jesús y el inicio de la de sus discípulos. Es un pasaje que, leído en el marco de esta solemnidad, nos invita a reflexionar sobre el propósito de la vida de Cristo, su partida y, de manera crucial, el mandato que nos deja. Jesús, antes de ser elevado, les abre el entendimiento para comprender las Escrituras, revelándoles que era necesario que el Mesías padeciera y resucitara al tercer día. Esta comprensión no es solo intelectual, sino una iluminación del corazón que les permite ver el plan divino de salvación desplegado desde la antigüedad. Es un recordatorio de que nuestra fe no es ciega, sino que tiene profundas raíces en la historia de la salvación y en el cumplimiento de las promesas de Dios.

La Ascensión, lejos de ser una despedida melancólica, es una afirmación gozosa del triunfo de Cristo. Jesús asciende al cielo para sentarse a la derecha del Padre, glorificado en su humanidad. Este evento marca el fin de su presencia física entre nosotros, pero inaugura una nueva forma de relación. Él no nos abandona; al contrario, su ascensión es la garantía de que ha preparado un lugar para nosotros y que intercede constantemente por la Iglesia. Nos recuerda que nuestra verdadera patria no está aquí abajo, sino en el cielo, y nos llena de esperanza ante la promesa de su segunda venida. Es un puente entre la realidad terrenal y la celestial, invitándonos a vivir con una mirada puesta en lo eterno. Al respecto, decía San Agustín: “La Ascensión es la coronación del triunfo de Cristo, y el comienzo del nuestro.”

Pero la partida de Jesús no es un vacío, sino un envío. Antes de ascender, les encarga a sus discípulos que proclamen la conversión y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Este es el corazón de nuestra misión como católicos: ser testigos de Cristo resucitado hasta los confines de la tierra. La promesa del “poder de lo alto”, el Espíritu Santo, es la fuerza que capacitará a los apóstoles y a nosotros hoy para cumplir esta tarea monumental. Sin el Espíritu, nuestra misión sería vana; con Él, somos capaces de llevar el mensaje de esperanza y redención a un mundo que lo necesita desesperadamente.

Finalmente, el pasaje culmina con los discípulos volviendo a Jerusalén con gran alegría y alabando continuamente a Dios en el templo. Esta alegría no es superficial, sino el fruto de la fe en el Resucitado y de la confianza en el Espíritu Santo. A pesar de la ausencia física de Jesús, experimentan una plenitud que los impulsa a la alabanza y a la acción. Para nosotros, la Ascensión debe ser también una fuente de gozo y gratitud. Nos desafía a vivir nuestra fe de manera activa, siendo portadores de la Buena Nueva y buscando a Cristo en nuestra vida diaria, confiando en que Él está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Es digno de notar cómo Lucas nos relata que Jesús, después de darles esta última instrucción y bendición, fue elevado al cielo mientras ellos lo miraban. Y lo más significativo es que, después de su desaparición de la vista, no regresan tristes o desorientados, sino que lo adoran. Esta adoración es un reconocimiento de su divinidad y de su poder soberano. Luego, con esa misma actitud de adoración, se dirigen al templo, el lugar de la presencia de Dios en la tradición judía, para estar continuamente alabando y bendiciendo a Dios. Este final del Evangelio de Lucas nos muestra no solo el mandato de la evangelización, sino también la actitud fundamental del creyente ante el Señor ascendido: adoración, alabanza y una alegría que se desborda en el testimonio.

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