Vigilia Pascual

¿“Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, resucitó”, es lo que los ángeles anunciaron a las mujeres que, al amanecer y con los perfumes,  acudieron temerosas al  sepulcro donde había sido depositado el cuerpo del Señor.

 

Es esta la gran noticia que escuchamos cada año en esta santa noche de Pascua, esta vez en la versión del evangelista san Lucas: Cristo ha pasado la prueba suprema de la muerte y ha resucitado y vive para siempre. De esta manera nos ha abierto a todos las puertas de la verdadera vida.

 

Esta noticia constituye la razón de ser de nuestra fe y de nuestra esperanza: Que Cristo  resucitado ha salido victorioso de la muerte, para que tuviéramos la vida en abundancia.

Este es el motivo por el cual nos dejamos inundar hoy de una desbordada alegría. Los resplandores de la resurrección alumbran de esperanza el camino de los hombres en medio de las tinieblas del pecado y de la muerte.

El Cordero inmolado que celebramos el jueves y viernes santo, vive con las señales de la pasión en el esplendor de la resurrección. Solo Él domina todos los acontecimientos de la historia, desata los sellos y afirma, en el tiempo y más allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte.

En la nueva Jerusalén, es decir, en el mundo nuevo, hacia el que tiende la historia de los hombres, no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.

Por esta razón, podemos decir que la Pascua es la fiesta de la vida. Es por tanto ésta una ocasión privilegiada para renovarnos en el compromiso de vivir en la esperanza, de valorar lo que es  una vida digna que se encamina hacia una vida plena en nosotros propiamente y en los demás, de ser testigos misioneros del Evangelio de la vida, como lo fueron aquellas mujeres que corrieron a contar a los apóstoles lo que habían visto y oído, y como lo fueron mismos apóstoles yendo después por todas partes a anunciar la Buena noticia.

Cuando somos conscientes de que estamos llamados a cuidar, respetar y defender toda vida humana, desde su concepción hasta su muerte natural, tenemos que pensar necesariamente que tenemos una razón más poderosa que la que pueden considerar personas de buena voluntad, que por una connatural sensibilidad, o a la luz de la simple razón humana, llegan a descubrir el valor intangible de la vida humana.

El Señor en su resurrección nos ha dado la vida plena, la vida en plenitud, llamada a la eternidad, que va más allá de los límites que impone nuestra existencia meramente terrena.

Precisamente, lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana en su fase temporal.

La vida en el tiempo es realidad penúltima, condición básica, momento inicial, parte integrante de todo el proceso de la vida humana hacia su plenitud, un don de Dios que lleva el germen de la eternidad, la vida eterna, una realidad sagrada que Dios nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad.

Al acercarnos a las aguas bautismales ese es el don que en ese momento recibimos como una promesa, en la medida en que estábamos dispuestos a ser verdaderos discípulos de Cristo.

Estos hermanos nuestros, luego de recorrer un camino largo y esmerado de preparación en su catecumenado, hoy son llamados por la Iglesia al bautismo, cuando se hará realidad en ellos lo que en esta noche celebramos, “sepultados con Cristo en su muerte, para que así como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, también ellos lleven una vida nueva. Cristo reproducirá en ellos su muerte por el sacramento, y por él reproducirá igualmente su Resurrección”.

A la pregunta del Obispo, “Que te otorga la fe que hoy pides a la Iglesia de Dios, cada uno ha respondido: “La Vida eterna”.

La vida eterna que consiste en “conocer al Dios verdadero y a su enviado Jesucristo. El que, resucitado de entre los muertos, ha sido constituido por Dios dueño de la vida y Señor del universo, visible e invisible”.

Los elementos que la liturgia de la Iglesia utiliza para esta ocasión, todos ellos nos hablan de la vida eterna prometida:

El fuego nuevo que ha dado inicio a esta ceremonia y que ha servido de fuente a la luz del cirio pascual, nos ha recordado la creación en sus orígenes hecha por Dios a través de su Palabra de vida, y nos ha simbolizado la llegada con Cristo resucitado, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, el mundo renovado, los cielos nuevos y las nueva tierra.

La Palabra que hoy hemos escuchado profusamente es la Palabra eterna del Padre, en quien estaba la vida, y por quien fueron creadas todas las cosas, y que nos ha ido describiendo el verdadero sentido de nuestra historia humana, conducida por la mano de Dios hacia su plenitud.

Por ella, hemos hecho memoria en esta sagrada noche de lo que Dios ha hecho en tiempos pasados y de lo que promete seguir haciendo hasta su culminación, para que esperanzados proclamemos con las palabras, con el corazón y con las obras, que Cristo, al resucitar de entre los muertos, ha renovado todo cuanto existe.

La acción creadora de Dios, la fe obediente de Abrahán disponiendo todo para el sacrificio de su hijo único, la conducción de Moisés a su Pueblo en medio de las aguas del mar rojo hacia la libertad, la palabra de consuelo y esperanza de los profetas que anuncian la venida del esposo, la llegada de los bienes mesiánicos y el tiempo de la sabiduría y la ley divinas hechas carne y de la irrupción del agua y del Espíritu que hacen nuevos los corazones de los hombres, han vuelto a ser oídas y contempladas a través de las lecturas proclamadas, para que, preparados, renovemos nuestra condición  de bautizados, como sepultados con Cristo y resucitados con él a una vida nueva.

El agua fecunda y vivificadora, con la cual seremos rociados en seguida y que servirá de signo sacramental para que nuestros hermanos catecúmenos nazcan a la vida de resucitados con Cristo.

El pan, base del sustento diario y el vino que alegra el corazón de los hombres, y que ahora compartiremos en la Eucaristía transformados en alimento que nutre nuestra vida de fe y nos purifica y nos aleja de las fuerzas destructoras del pecado.

Alegrémonos, hermanos, porque en esta noche santa se ha manifestado la vida. Alegrémonos porque la fuerza del amor ha vencido las fuerzas destructivas del odio y del egoísmo. Alegrémonos, porque Cristo, ha resucitado y ya no mueren más. La muerte ya no tiene poder sobre Él.

Animémonos a dar testimonio a nuestro alrededor con nuestras palabras y nuestro obrar de lo que oímos y vemos con los ojos de la fe. Juntos ofrezcamos al mundo los signos de esperanza, para que se afiance entre los hombres una cultura de la vida.