Viernes Santo

En días pasados pudimos observar la conmovedora imagen del Papa Francisco postrado, besando los pies a un grupo de dirigentes políticos rivales de un país africano, pidiéndoles cumplir los compromisos por alcanzar la paz en su país.

«La mirada de Dios, les dijo luego, se dirige especialmente a vosotros; es una mirada que ofrece paz. Pero hay otra mirada dirigida a vosotros: la de vuestro pueblo, y expresa su ardiente deseo de justicia, reconciliación y paz».

En su visita apostólica de hace dos años a Colombia, el Papa nos hizo la misma súplica por la paz y nos dejó la tarea de seguir construyéndola: “La búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos”, nos dijo.

Este gesto del Papa nos permite acercarnos al gesto de Jesús que contemplamos ayer, Jueves santo, lavando los pies de sus discípulos, y que expresaba la imagen de un Dios inclinado a nuestros pies, arrodillado ante nosotros.

Dicho gesto de ayer se hace hoy gesto de un Dios crucificado por nosotros. La actitud de servicio en el lavatorio de los pies, se hace hoy viernes santo el servicio máximo del Señor a los hombres al entregar la vida por la salvación de la humanidad.

Lo que ayer era anuncio bajo los signos del pan entregado y el cáliz de la sangre derramada por muchos, hoy se hace realidad bajo el signo de la cruz.

En Jesús la cruz se hace signo e instrumento que recoge y en el que se realiza todo el plan salvador y liberador de Dios.

El tema de la paz es un tema que siempre está al centro de nuestras consideraciones sobre misterio pascual, pues como dice el apóstol san Pablo, “Cristo hizo la paz por medio de la cruz”.

Para nosotros en Colombia, este tema encierra una especial relevancia pues, en medio de las circunstancias que vivimos, la paz sigue constituyendo un anhelo primordial, como el de todos los hombres, o al menos de los hombres y mujeres de buena voluntad.

¿Qué persona de buena voluntad no aspira a la paz? Se preguntaba san Juan Pablo II en alguno de sus mensajes para la jornada mundial de oración por la paz del primero de enero.

Pues, es ese uno de los criterios con el que contamos para definir la frontera entre la virtud y el pecado, entre una buena y una mala conciencia, ahora que dicha frontera parece confusa o diluida en la mente de muchos, en este de la paz o en otros aspectos que interesan a nuestra existencia humana.

Una persona virtuosa, un hombre o una mujer de bien, no será el que se opone a la paz, ni siquiera el que es indiferente frente a ella, como les puede pasar a algunos, porque talvez no sufren o no han sufrido los rigores de la violencia (La indiferencia es uno de los grandes enemigos de la paz y de todos los bienes humanos), sino el que la desea, y la desea ardientemente, se compromete con ella, hasta colocar los medios a su alcance para conseguirla.

El Señor llama felices, no simplemente a los que desean la paz, así a secas, sino a los que trabajan por la paz, a los que luchan por ella, se esfuerzan con empeño por alcanzarla: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Hoy, viernes santo, miramos el compromiso por la paz que todos los creyentes tenemos y que hemos de asumir con la clave de la cruz, en la cual murió Cristo, símbolo central de nuestra fe cristiana y de la liturgia de este día, que enseguida vamos a aclamar jubilosos.

San Pablo nos dice que “Cristo es nuestra paz, quien ha reunido a todos los hombres en un solo pueblo, haciendo la paz por medio de la cruz”.

Con su muerte el Señor nos ha enseñado, y hoy lo recordamos, a hacer la paz por medio de la cruz. La cruz es el único camino para conseguir una paz verdadera, porque la paz es un don que cuesta, que hay que trabajarla.

El relato de la pasión según la versión de san Juan que hoy escuchamos nos dice que del costado abierto de Cristo brotó sangre y agua.

Cristo es la fuente de agua viva: “El que tenga sed que venga a mí y beba. Torrentes de agua viva brotarán de mí”, gritó en el pórtico del templo días antes de su pasión. Es el quien dijo también: “La paz os dejo, mi paz os doy”.

Que mejor signo para expresar el don de la paz que el agua, pura, tranquilizante, purificadora, refrescante, preciosa en su candor, útil, casta, humilde, como se refería a la hermana agua en el canto a las criaturas san Francisco de Asís.

Pero junto al agua brota la sangre de la renuncia, el sacrificio, el desprendimiento, el esfuerzo, la lucha, el morir, el sufrimiento purificador, la sangre derramada por muchos.

La paz es un don que cuesta porque ella no consiste solamente en alcanzar una egoísta comodidad personal, o alcanzar una anhelada ausencia de guerra.

Ella es fruto de la justicia, de unas relaciones basadas en la verdad, el respeto y el amor fraterno, en el reconocimiento de la dignidad y de los derechos de cada hombre y de cada mujer, en la afirmación de la vida humana como un don de Dios, que aparece desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural, en el respeto de las diferencias y de la originalidad e identidad de cada ser humano, en el cuidado de nuestra casa común, el de la naturaleza, y del reconocimiento del destino universal  de los bienes creados. La paz es fruto de la reconciliación y del perdón.

El catecismo de la Iglesia católica, hablando sobre la defensa de la paz, dice lo siguiente: “El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. Esta no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguarda de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. Es “la tranquilidad del Orden”, como decía san Agustín, ella es obra de la justicia y efecto de la caridad (2304).

La paz es un don que cuesta, porque tratar de conseguirla significa comenzar por poner en orden nuestra propia casa. San Juan Pablo II nos decía que son múltiples las pasiones que desvían el corazón humano, inclinándolo a la violencia. Hay que comenzar por derrotar los obstáculos que nosotros mismos colocamos: los sentimientos de superioridad frente a los otros, el odio, las intransigencias, las envidias, la codicia, el afán de poder y de poseer.

La paz es un don que cuesta porque ella, además de ser un don, es a la vez un quehacer, una tarea. Comenzamos a construirla en el momento en el que comenzamos a aceptar que la paz nos interesa a todos y cada uno de nosotros, porque ella vive de nuestras adhesiones, cuando vamos alimentando nuestra mirada con horizontes de paz, cuando hablamos un lenguaje de paz, cuando ofrecemos a nuestro alrededor gestos de paz.

La paz se va haciendo una realidad con los pequeños gestos que cada uno de nosotros se esfuerza por realizar: acercándose al esposo o a la esposa o a los hijos, a los padres, a los que sufren, a los que tienen necesidad, al que nos hace mal, al pobre, derribando los muros que nos separan de los demás, tendiendo puentes, construyendo una cultura del encuentro, quebrantando nuestros odios, nuestros resentimientos, nuestros sentimientos de venganza, doblegando nuestros prejuicios.

Pero, de parte de Dios jamás Él impone un compromiso sin ofrecer una esperanza.

Y la cruz de Cristo del viernes Santo es un signo de compromiso pero también de esperanza. Ella nos dice que la paz es una realidad, una esperanza viva.

Esto lo expresa el espíritu triunfal que contiene el viernes santo. Lo que haremos en seguida es simplemente una aclamación gozosa de la cruz salvadora: “Oh Cristo, tu reinarás, oh Cruz, tu nos salvarás”.

Todos sabemos que hoy tan solo celebramos una parte del misterio, cuya conclusión la tendremos en la noche del sábado santo, con la resurrección.

Cuando nosotros pensamos en el compromiso que tenemos entre manos de ser artífices de la paz en el mundo, contamos con la garantía de que ya el Señor ha sembrado en este mundo la semilla de la paz, que ya está en germen, que ya está germinando.