La Lacra de la corrupción es lo más dañino para nuestros pueblos de América Latina

No soy política”, empezó diciendo Gabriela Alejandra Castellanos Lanza, al hacer su exposición frente a obispos, políticos y agentes de la vida pública participantes de encuentro de católicos con responsabilidades políticas en Latinoamérica. Gabriela es la directora Ejecutiva del Consejo Nacional Anticorrupción de Honduras, un país muy pobre ubicado en Centroamérica.

Su exposición fue subiendo de profundidad conforme avanzaba en su ponencia, en el espacio de la “contribución original y experiencias de incidencia de los católicos en políticas públicas, la cual fue dividida en dos partes.

Ofreciendo datos históricos de experiencias de intervención social, fue deshilando desde la verdadera conciencia cristiana, el daño desastroso que ocasiona la corrupción, que impide el desarrollo económico y social de los pueblos. Es esta la raíz de la pobreza no solo en américa Latina.

Les ofrecemos el documento de la conferencia de la directora anticorrupción del país Hondureño.

Contribución original y experiencias de incidencia de los católicos en políticas publicas desde la tarea contra la corrupción

Hubo un hombre en este país, sacerdote que dejó la sotana y en su convicción de cristiano, Camilo Torres se llamaba y se comprometió personalmente contra un sistema que producía injusticia y exclusión. Y es que la corrupción pública se come a las sociedades. La corrupción campea en las ciudades, es fácil identificarla en los invisibles hilos del dinero que desfila con la impunidad de la magia democrática por las campañas políticas exuberantes montadas por el crimen organizado, es fácil verla correr en el ascenso maratónico de los nuevos ricos, y desfilar con una cara de falsa conmiseración ante las muertes de los inocentes
en los hospitales repletos de enfermos y vacíos de medicinas.

Las serpientes del mercantilismo, que te atragantan con manzanas de la concordia social, y de árboles de conocimientos productores de las más atroces codicias: este es el pecado del mundo.

Porque la corrupción forma parte del paraíso estructural. Y ello se trata de una situación que no permite a la mayoría ser persona y vivir como persona por estar sojuzgada y aplastada por necesidades vitales fundamentales al no poder acceder a su seguridad alimentaria elemental por un sistema excluyente, y sobre todo por un sistema que está impregnado de prácticas de corrupción y dilapidación pública; una situación de injusticia institucionalizada que impide positivamente la
fraternidad entre los hombres y la igualdad de ventajas de todos; una situación configurada por modelos de la sociedad de consumo, del discurso manido del mas más apto, de los discursos del éxito de los vencedores en contra de los perdedores, que impide la solidaridad y la trascendencia cristiana; una situación en la que el mundo y la sociedad como lugares inexorables que median la presencia de Dios entre los hombres son la negación de la esencia amorosa de Dios como realidad
última fundante de toda realidad, porque los hombres no se pueden salir de esos dispositivos sociales, económicos y políticos que los incita a pecar desde el poder y causar graves daños a los administrados; una situación de tales características, desde el punto de vista cristiano, no tiene más que un nombre: pecado. El anuncio del Reino y la dificultad de implantarlo hacen presente el pecado del mundo, que es fundamentalmente histórico y estructural, comunitario, fruto a la vez y causa de otros muchos pecados personales y colectivos. No es que las estructuras pequen, como algunos dicen, son las estructuras las que manifiestan y actualizan el poder del pecado y en ese sentido hacen pecar y dificultan sobremanera el que los hombres lleven la vida que les corresponde como hijos de Dios.

La injusticia e inhumanidad crece en los países industrializados, la globalización de la economía lleva claramente a la falta de solidaridad de nuestras sociedades. La mercantilización global de todas las cosas. Reclamamos una nueva civilización, la civilización de la fraternidad, con una pobreza, contrapuesta a la de la riqueza, puesto que ésta se ha revelado como un nuevo Moloch que devora a las personas y el planeta.

Con gran precisión lo ha afirmado el Santo Padre Francisco, la corrupción también es en sí un proceso de muerte, porque asesina vidas, causa homicidios por acción y omisión, y le roba la salud a los niños, a los ancianos y a los pobres del mundo. La corrupción acaba con los sueños y el futuro de los países, porque la moral que la funda es “del venga usted mañana” y “sálvese quien pueda”, y vive entre la promesa más vil y demagógica y entre la ventaja personal de unos pocos que en su fuero interno se niegan a creer que los demás existen, y que sus bonanzas significan la desgracia y la tragedia de millones de familias.

La corrupción es más grande que el pecado, más que ser perdonado debe ser curada, porque el perdón supone un acto individual en una relación entre el pecador y su conciencia religiosa, pero la cura de este mal supone la instauración del Reino de Dios en el aquí y en el ahora, al que se refería Cristo.

No podemos servir a dos señores, a Dios y al Dinero, si sirves a Dios seguramente serás honesto y en tu trabajo darás testimonio del Dios que se hizo carne que fue humilde y vivió una vida frugal. Si sirves al dinero de forma ciega es lógico que sea imposible servir a Dios, y los camellos ya están cansados de hacerlos intentar por la fuerza pasar por el ojo de una aguja.

La corrupción la pagan los pobres. Dice el Papa Francisco, y desafortunadamente lo que se roban los corruptos desobedeciendo el mandamiento de no robaras, desobedeciendo el clamor del Profeta Amós quien denunciaba la alteración de la balanza y de los pesos en detrimento de los menesterosos, de los huérfanos y de las viudas; todo eso que defraudan las arcas de los estados es precisamente el dinero que se ocupa para la salud de quienes mueren de enfermedades previsibles o por la falta elemental de aspirinas, es también el dinero que hace falta para que los niños reciban clases en las aulas dignas a prueba de terremotos y no aulas vulnerables o acaso debajo de un árbol, y el mismo dinero que falta a los jubilados, a las madres solteras y le restan por miles y miles de millones al presupuesto de los países.

Los Documentos de la Iglesia han dimensionado el sistema de injusticia imperante en Latinoamérica, y el documento de Medellín en 1968 cuando se estaban produciendo cambios importantes en el mundo, le dio especial privilegio a los pobres dentro de la predilección de un Dios que ve a su pueblo sufriente víctima de toda clase de opresiones sociales y males que siempre golpean a los más vulnerables.

La Iglesia en Honduras ha visto de cerca el desarrollo de los acontecimientos nacionales, y por medio del Episcopado hondureño siempre ha diseñado análisis coyunturales muy lúcidos que arrojan luz sobre la problemática social y económica, y plantea senderos y alamedas de solución desde la fraternidad y la solidaridad humana.

La corrupción no puede contra la esperanza y esa es la apuesta que lanzo en este momento, que esos que forman redes de impunidad, que esos que se roban el dinero de los más vulnerables, que esos que se pasean como pavos reales por las pasarelas de la injusticia tendrán su momento, el momento de la esperanza de la humanidad que despierta en una hora justa para salvarse del Armagedón y de la cultura de la muerte impuesta desde los centros del poder real y contrariando el plan de salvación que ha trazado Dios desde la creación.

Bogota 02 de diciembre de 2017.

Gabriela Alejandra Castellanos Lanza
Directora del Consejo Nacional Anticorrupción (Honduras)