Santo

Toda criatura es limitada. Dios no; él es completamente diferente; “separado” de todo lo que es limitado, deficiente. En este sentido es en el que la Biblia dice que Dios es santo. El no guarda para sí esta santidad: la extiende; llama a otros para que participen de ella. Las personas, lugares, templos y cosas que Dios separa del común y llama para su santidad pasan a ser sagradas; para eso son consagradas. San Pablo llama “santos” a todos los cristianos, pues todos son llamados a la santidad. Este dinamismo de la santidad se expresa por medio de gestos y símbolos, que constituyen el culto. Punto culminante del culto es el SACRIFICIO, que es la oferta cultual a Dios de algo que estimamos mucho. A través de eso el hombre se ofrece a sí mismo. En efecto, el hombre reconoce que todo lo que tiene es un don de Dios y a él pertenece. Entonces le devuelve a Dios algo de lo que tiene de mejor; y Dios acepta ese gesto de oferta y consagra la cosa ofrecida. Punto culminante de todo culto es el sacrificio que Jesús hizo de su vida, dada por todos los hombres y ofrecida al Padre. Dios no deseó la muerte injusta de Jesús. Pero la voluntad del Padre era que nada, ni siquiera la violencia de los hombres, impidiese la donación de Jesús. Jesús cumplió perfectamente esa voluntad de Dios.