Pablo

Este es su nombre de ciudadano romano. Como judío se llamaba Saulo. Nació en Tarso. Desde joven sintió la necesidad de dedicarse a Dios y por eso fue a Jerusalén y se dedicó al estudio de la Ley con los mejores maestros de su tiempo. Joven cumplidor y responsable al que los judíos le encargan la difícil tarea de eliminar de sus comunidades una doctrina nueva y sospechosa, la de los cristianos. Pablo dirige la represión contra los seguidores de Cristo y lo hace en forma dura, para bien de su religión. La conversión de Pablo sucederá en Damasco (Hch 9,22 y 26). Allí el Señor lo llama perseguidor, cuando él sencillamente tenía la ambición de servir a Dios. Hasta ese momento Pablo se sentía bueno y daba gracias a Dios por haberlo hecho creyente responsable, cumplidor y militante. Ahora, delante de la luz de Cristo, descubre que sus méritos y servicios no son de los que valen para Dios; su fe es, antes que nada, fanatismo humano, su seguridad de creyente, orgullo disimulado. Pablo se ve pecador, violento y rebelde pero al mismo tiempo entiende que Dios lo ha acogido, elegido y personado. En adelante Pablo va a ser para Cristo instrumento elegido para extender la Iglesia en los demás países. Sería el apóstol de las NACIONES. Fundó muchas comunidades cristianas y dio su vida por Cristo y por su Reino en Roma. Escribió directamente y mediante discípulos suyos, catorce cartas llenas de enseñanza y testimonio de fe profunda y adulta. Gracias a su trabajo y empeño el Evangelio echó raíces en la cultura griega y romana y pudo llegar hasta nosotros.