CELEBREMOS EL DOMINGO EN FAMILIA – III Domingo de Pascua

Mantener el pequeño altar con su mantel para colocar allí con respeto y devoción la Sagrada Biblia, el crucifijo y una veladora que debe ser encendida con precaución y seguridad.

El que dirige la celebración, los lectores y el salmista deben ensayar convenientemente los respectivos textos que se van a proclamar o cantar en la celebración familiar.

En el momento determinado, se congrega la familia en el lugar dispuesto para dar inicio a la celebración

RITOS INICIALES

Todos cantan o recitan

Tu palabra me da vida,
confío en ti, Señor.
tu palabra es eterna,
en ella esperaré.

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor.
Dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón.

Postrada en el polvo está mi alma,
devuélvame la vida tu Palabra;
mi alma está llena de tristezas,
consuélame, Señor, con tus promesas.

Todos se santiguan diciendo

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo

Todos responden
Amén

Saludo

El que dirige la celebración saluda con estas o parecidas palabras

Hermanos, bendigamos al Señor que con su resurrección destruyó el pecado y la muerte y nos dio nueva vida.

Todos responden

Bendito seas por siempre, Señor

Momento de arrepentimiento

El que dirige la celebración invita a los presentes al arrepentimiento diciendo

Con humildad y sinceridad reconozcámonos pecadores y necesitados de la misericordia del Señor para que, perdonados de nuestros pecados, nos dispongamos a escuchar la Palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo.

Se hace un momento de silencio

Después, todos hacen en común la confesión de los pecados

Yo confieso ante Dios todo poderoso…

Oración

Terminado el acto de arrepentimiento el que dirige la celebración dice

Oremos

Todos oran en silencio por un momento. Seguidamente, el que dirige la celebración, sin extender las manos, dice la oración para este domingo

Que tu pueblo, oh Dios,
se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido,
y que, al gozarnos ahora de ser hijos tuyos,
aguardemos con esperanza confiada
el día de nuestra resurrección.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos responden
Amén

LITURGIA DE LA PALABRA

El lector de la primera lectura, si ha sido posible tener la Sagrada Biblia, la toma con respeto, abre y lee el texto correspondiente, mientras los demás están sentados.

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,14.22-33)

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, entérense bien y escuchen atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante ustedes con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como ustedes mismos saben, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, ustedes lo mataron, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que «su carne no experimentará corrupción». A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Exaltando, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que están viendo y oyendo».

Al finalizar el lector dice
Palabra de Dios

Todos aclaman
Te alabamos, Señor

El salmista proclama el salmo y los presentes intercalan la debida respuesta
Sal 16(15),1-2+5.7-8.9-10.11 (R. 11a)

V/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

El lector de la segunda lectura la realiza como el de la primera

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1P 1,17-21)

QUERIDOS hermanos:
Puesto que pueden llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, compórtense con temor durante el tiempo de su peregrinación, pues ya saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con su sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

Al finalizar el lector dice
Palabra de Dios

Todos aclaman
Te alabamos, Señor

El que va a leer el Evangelio, toma la Sagrada Biblia y, omitiendo el saludo, dice solamente

Escuchen, hermanos, el santo Evangelio según san Lucas (24,13-35)

Luego proclama el evangelio

AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jesuralén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les dijo:
«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió.
Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿NO era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de si vista.
Y se dijeron el uno a otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Acabado el evangelio, el que lo proclama dice:
Palabra del Señor

Todos aclaman:
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión

Si el Párroco, Pastor de la comunidad, ha enviado la homilía para este día, se lee o escucha, según el caso; con ella se expresa también la comunión con la Iglesia parroquial, de la cual se es parte viva.

En su defecto se lee la reflexión que se ofrece a continuación

En este tiempo de alegría pascual la liturgia de la palabra nos invita a reconocer a Cristo vivo y resucitado; el Señor ha manifestado su gloria, resucitando a su Hijo de la muerte. La Tradición de la Iglesia nos ha enseñado que Cristo, el Hijo de Dios, fue rescatado del abismo de la muerte; también, los padres de la Iglesia, meditando el misterio de la resurrección, nos han enseñado que Jesucristo es imagen del amor de Dios al mundo y primicia de la gracia, por la cual el hombre es redimido; Cristo, entonces, es glorificado y ensalzado y el hombre invitado a configurarse con él.

En el evangelio Cristo se encuentra con los discípulos de Emaús, y esta manifestación de la resurrección se caracteriza por un particular sentimiento de tristeza, que es reflejado en los discípulos, pero que, al encuentro con Cristo, experimentan un fuego interior, una llama, la llama de la fe que los llena de esperanza.

Cristo que camina junto a nosotros, como lo hizo con los discípulos de Emaús, también nos habla hoy, nos instruye con su Palabra para que animados y fortalecidos podamos ser discípulos que tengamos la mirada fija en él, y así podamos ser sus discípulos, sus testigos, pues todos somos llamados a testimoniar nuestra fe.

El compromiso como cristianos y que adquirimos desde nuestro bautismo, es el de acrecentar la llama de nuestra fe, esa luz que se nos encendió en el bautismo a través del signo del cirio pascual y que debe conservarse ardiendo en el transcurrir de nuestra vida. Es fundamental el fortalecimiento permanente en nuestra fe por medio de la Palabra y los sacramentos que el mismo Cristo nos dejó y que la Iglesia ha perpetuado para propiciar un verdadero encuentro con el Señor que es único camino de conversión, comunión y solidaridad.

Cristo, entonces, es el sendero que nos conduce al Padre, Él que nos ha dicho que es el camino, la verdad y la vida, nos ayuda y fortalece en nuestro diario caminar; Cristo nos lleva a la casa del Padre, somos, entonces, testigos de aquel que fue resucitado de entre los muertos, esta es nuestra fe y nuestra esperanza, vayamos gozosos y anunciemos a Cristo resucitado, manifestemos nuestra fe, seamos discípulos misioneros, hablemos de Cristo que, resucitado, nos ha hecho participes de la vida eterna, seamos como el profeta que, anunciando a tiempo y a destiempo, no se deja intimidar por la realidad de la sociedad o el momento histórico que nos toca vivir.

El mundo moderno tan acongojado, en concreto por el coronavirus, necesita que se le anuncie a Cristo, que se le proclame la fe para que tenga esperanza en Dios; necesita de personas comprometidas, de testigos de su palabra, de su enseñanza, de sus obras; necesita que se le manifieste a Cristo en el obrar coherente, que en todo lo que hagamos tengamos presente que somos y nos llamamos cristianos, para que así demos razón de nuestra fe y de nuestra esperanza a los hermanos.

Acabada la homilía el que dirige la celebración dice

Hagamos un momento de silencio para hacer eco interior de la Palabra proclamada, compartamos la frase que más nos llamó la atención y manifestemos el compromiso que tendremos para esta semana.

Credo
Luego, el que dirige la celebración dice

Como respuesta a la Palabra de Dios escuchada, reflexionada y compartida, digámosle a Dios que creemos en él, en su Hijo y en el Espíritu Santo.

Y se hace la profesión de fe

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.
Amén.

Oración de Fieles

El que dirige la celebración dice

Hermanos, dirijamos nuestras oraciones a Dios Padre, que por la resurrección de Jesucristo nos ha dado vida nueva y digámosle confiadamente:

R. Escúchanos, Señor

* Tú que, siendo el Pastor supremo de la Iglesia, encomendaste a Pedro, el cuidado de tus ovejas, concede al Papa Francisco un amor ardiente y un celo apostólico para su misión. Oremos.

* Tú que, por la resurrección, robusteciste la fe de tus discípulos y los enviaste a anunciar el evangelio al mundo, has que nuestro obispo N. sea fiel heraldo de tu evangelio. Oremos.

* Tú que has participado de tu autoridad a los gobernantes de los pueblos, has que administren adecuadamente los recursos en bien de los necesitados. Oremos.

* Tú que eres el médico de las almas y des los cuerpos, da salud a los enfermos de COVID-19, fortaleza al personal sanitario, consuelo a las familias y el descanso eterno a los difuntos.

* Tú que, nos has permitido reunirnos para celebrar este encuentro de familia, concédenos la gracia de vivir el amor y el compromiso en la misión para llevar la Buena Nueva a los hermanos. Oremos.

Oración conclusiva

Padre de bondad,
te pedimos con fe y esperanza
que acojas estas súplicas que te hemos dirigido.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos responden
Amén

PADRE NUESTRO

El que dirige la celebración dice

Con las mismas palabras que Jesús enseñó a sus discípulos, oremos con confianza a nuestro Padre diciendo:

Todos
Padre nuestro…

COMUNIÓN ESPIRITUAL

A continuación, se manifiesta el deseo de recibir a Jesús en la Eucaristía de modo espiritual

Todos

Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti.

Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti.

Amén.

ACCIÓN DE GRACIAS

Después se recita o se entona un cántico de acción de gracias

Gracias, Señor

Hoy, Señor, te damos gracias,
por la vida, la tierra y el sol.
Hoy, Señor, queremos cantar
las grandezas de tu amor.

1. Gracias, Padre, mi vida es tu vida, tus manos amasan mi barro, mi alma es tu aliento divino, tu sonrisa en mis ojos está.

2. Gracias, Padre, Tú guías mis pasos, Tú eres la luz y el camino, conduces a ti mi destino como llevas los ríos al mar.

3. Gracias, Padre, me hiciste a tu imagen, y quieres que siga tu ejemplo brindando mi amor al hermano, construyendo un mundo de paz.

RITO DE CONCLUSIÓN

El que dirige la celebración, invoca la bendición de Dios y se santigua, diciendo

El Señor nos bendiga,
nos guarde de todo mal
y nos lleve a la vida eterna

Todos responden
Amén

Se puede concluir entonando o recitando un canto a la Virgen María

Junto a ti María.
como un niño quiero estar,
tómame en tus brazos
guíame en mi caminar.

Quiero que me eduques,
que me enseñes a rezar,
hazme transparente,
lléname de paz.

Madre, Madre
Madre, Madre. (Bis)